Es fácil quedarse en la superficie. En una sociedad acostumbrada al espectáculo, al ruido y a los grandes titulares, corremos el riesgo de acercarnos a la voz del pastor con los filtros equivocados. Al repasar el encuentro que el Papa León mantuvo ayer con los jóvenes en Madrid, quien se limite a leer las crónicas periodísticas o a repasar los apuntes de sus respuestas podría pensar, erronemente, que se trata de un discurso más, de un mensaje sencillo o incluso rutinario, similar al que ya hemos escuchado en otras ocasiones. Pero las cosas de Dios nunca se revelan a la prisa ni a la superficialidad. Detrás de la aparente simplicidad del Papa León se esconde un misterio que exige ser descifrado.
Las palabras del Papa León pueden sonar muy rutinarias o iguales a lo que ya hemos escuchado de otros sacerdotes. Pero en realidad, en su manera sencilla de hablar, el Papa León dice muchísimas cosas por medio de sus gestos, su tono de voz, su mirada y sus manos. Es un Papa al que debemos aprender a analizar su manera de hablar. Sus respuestas pueden sonar muy diplomáticas, pero en medio de su tono de voz, de su manera de hablar, se encuentra una riqueza y un alimento espiritual tan grande que solamente lo puede escuchar el alma de la persona que capta con su oído y con el corazón lo que Dios en la voz del Papa quiere decir. Detrás de esas palabras se oculta algo mucho más grande.
Cuando el Papa modula su voz, cuando detiene su mirada en el rostro de un muchacho o cuando extiende sus manos para acoger una inquietud, no está ejecutando un acto protocolario. Está aconteciendo un encuentro. Es una diplomacia del espíritu; una finura en el trato que no busca deslumbrar con una retórica compleja, sino vaciarse de sí mismo para que sea la gracia la que hable. Su sencillez no es escasez de contenido; es la densidad de quien ha unificado el pensamiento y la vida.
Esta profundidad se hizo carne en el diálogo con los seis jóvenes que subieron al escenario ayer en la vigilia. En sus respuestas, aparentemente directas y pastorales, el Papa León desveló un alimento espiritual inmenso para quien supiera escuchar:
Al recordar sus años de misión en Perú, el Papa no hizo una apología de sus logros, sino que ensalzó la fe de los sencillos. Al decir que guarda como un tesoro la esperanza de los que sufren, nos estaba enseñando que la verdadera teología se aprende de rodillas y al servicio de los vulnerables.
Frente al miedo contemporáneo a las decisiones definitivas, el Papa no dio una receta moral, sino una llamada al coraje. El matrimonio y la familia no son costumbres del pasado, sino el terreno donde los valientes transforman la historia desde lo cotidiano.
Al proponer a figuras como San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Tomás de Villanueva o Santo Toribio de Mogrovejo, no citó nombres al azar. Nos invitó a mirarnos en el espejo de la historia de la Iglesia para hacernos la pregunta que despierta el alma «Si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no?».
Su advertencia contra el engaño de las redes y su enérgica llamada —»¡Sean humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso».— no es un rechazo a la modernidad, sino una defensa profética de la encarnación. En el silencio, libre del estruendo de los algoritmos, es donde las ideologías se desvanecen y la Verdad permanece. Es aquí donde el Papa León engarza su mensaje con la gran corriente de la Iglesia viva; cuando exhorta a los jóvenes a convertirse en la «chispa de una humanidad nueva», resuena con fuerza aquel eco inolvidable de las elocuentes ocurrencias espirituales del Papa Francisco cuando les decía a los jóvenes «hagan lío». Dos formas distintas, pero un mismo fuego espiritual; el llamado a no quedarse instalados en la comodidad virtual, sino a salir, sacudir la indiferencia y encender el mundo con la verdad del Evangelio.
Para que las palabras del Papa León no pasen de largo como el viento de la tarde, el lector, el creyente, el joven de hoy, debe hacer un alto en el camino. Lo que se vivió en Madrid no fue un evento más en la agenda eclesial; fue una mesa servida con un alimento espiritual demasiado grande para nuestra vida. No nos quedemos en la superficie de las frases cortas. Analicemos el tono, contemplemos el gesto, entremos en el espacio de sus silencios. Porque cuando el corazón se descalza y el alma afina el oído, descubre con asombro que detrás de la sencillez del pastor, es Dios mismo quien nos está llamando por nuestro propio nombre.
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
León – España



