Por: Rocío Márquez…
Divertirse hasta morir se titula un libro de Neil Postman que me encanta. El autor, uno de los padres de la Ecología de los medios, argumentaba que durante mucho tiempo la sociedad temió una dictadura cruel que prohibiera los libros, como describía la famosa novela 1984, de George Orwell. Sin embargo, decía Postman, esa sociedad prestaba menos atención a la advertencia de Aldous Huxley en Un mundo feliz: una sociedad donde las personas terminan sometiéndose voluntariamente seducidas por el placer, la comodidad y un flujo interminable de distracciones.
Quizá si Postman hubiese imaginado un futuro con inteligencia artificial se habría inquietado todavía más.
¿Lo distópico comienza a ser cotidiano?
Ya no se trata solamente de una sociedad donde preferimos las imágenes a los textos complejos, o donde el discurso público se transforma en entretenimiento. Es algo más insólito: un mundo donde las inteligencias artificiales escriben textos que otras inteligencias artificiales resumen para que nosotros no tengamos que leerlos. Es decir, un mundo donde las IA son las que escriben y se leen entre ellas mismas.
¿Distopía? Pues la escena empieza a resultar familiar. Recibimos un documento extenso y pedimos a la IA un resumen. Necesitamos responder un correo y solicitamos que redacte la respuesta. Queremos comprender un concepto y pedimos que nos lo explique en cinco puntos. Incluso, podemos pedir a una IA que lea un libro, extraiga sus ideas principales y nos diga qué debemos saber de él.
¿Es todo esto necesariamente negativo? Probablemente no. Las tecnologías siempre nos han permitido delegar tareas. La escritura descargó parte de nuestra memoria; la calculadora, determinadas operaciones matemáticas; los buscadores, parte de la tarea de localizar información. ¿Nuestro teléfono móvil? El ejemplo más cotidiano: recordar, encontrar, calcular y hasta orientarnos.
Sedentarismo cognitivo
Como vemos, descargar tareas para reducir procesos mentales no es nada novedoso. Lo hacemos cuando anotamos una cita para no tener que recordarla. Pero la inteligencia artificial amplía considerablemente esa posibilidad. Ya no solo recuerda o calcula por nosotros. También resume, interpreta, redacta y argumenta.
Es entonces cuando corremos el riesgo de entrar en una especie de sedentarismo cognitivo. De esta manera, del mismo modo que una vida físicamente cómoda puede reducir las ocasiones en las que ejercitamos el cuerpo, un entorno tecnológico que elimina constantemente el esfuerzo intelectual puede reducir las ocasiones en las que ejercitamos ciertas capacidades mentales.
Por ello, pensar también necesita cierta resistencia. Leer diez páginas en lugar de un resumen, intentar escribir antes de pedir una redacción o permanecer unos minutos frente a un problema sin solicitar inmediatamente una solución son pequeñas formas de esfuerzo cognitivo. Precisamente aquello que la inteligencia artificial nos permite evitar podría ser, en ocasiones, aquello que necesitamos practicar.
Delegar el pensamiento
Durante siglos imaginamos que la amenaza al pensamiento vendría de alguien que intentaría controlarlo. Un gobierno que prohibiera libros, un poder que censurara ideas, una tecnología que limitara nuestra libertad. No podemos decir que eso no ha sucedido. Pero quizá ya no haga falta prohibirnos pensar, sino ofrecernos una alternativa más cómoda.
Postman advertía que una sociedad podía terminar dominada no por aquello que temía, sino por aquello que amaba. En la era de la inteligencia artificial habría que añadir algo más: también podemos terminar dominados por aquello que nos alivia.
Ninguna inteligencia artificial tiene que arrebatarnos nuestra capacidad de pensar. Basta con que nos acostumbremos a no ejercitarla porque la IA puede hacerlo más rápido.
Tal vez la distopía no llegue con una orden que diga: “Prohibido pensar”, sino con una mucho más amable: “Evite pensar. Delégueselo a una IA”.
*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.
04-10-2026
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