El futuro que imaginábamos ya está aquí. Ya es 2026 y, entre notificaciones y pantallas que nunca se apagan, hemos construido un mundo de una conectividad feroz y una intimidad frágil. Hablamos por señales digitales, nos expresamos en algoritmos, pero en el silencio de nuestras propias habitaciones, a veces, lo único que resuena es el eco de nuestra propia desconexión. Este nuevo año, más que nuevas metas, necesitamos recuperar un arte en peligro de extinción, el arte de la solidaridad que calienta, no la que solo se muestra.
Porque hemos confundido la solidaridad con su espectáculo. Creemos que con un like compasivo, con un repost de una causa noble, ya hemos hecho nuestra parte. Es una empatía de baja resolución, que se desvanece al cambiar de pestaña. La verdadera solidaridad, la que sana y sostiene, ocurre en el territorio incómodo y hermoso de la presencia. Es el salto del «qué mal» al «aquí estoy”.
En un mundo que premia la velocidad, la solidaridad es lenta. Es detenerse. Es escuchar la historia completa antes de dar un consejo. Es resistir la urgencia de contar tu anécdota similar y, en su lugar, sostener la mirada y decir «debe haber sido muy difícil». Es un acto de valentía, porque significa bajar las defensas, exponer nuestra propia humanidad vulnerable y tocar la vulnerabilidad del otro sin miedo.
Este 2026, el verdadero lujo no será tener la última tecnología, sino el tiempo y la disposición para prestar atención completa. La riqueza no se medirá en seguidores, sino en la cantidad de personas para las cuales somos un puerto seguro, un lugar donde pueden anclar por un momento su cansancio sin ser juzgados. Nuestra huella más importante no será digital, será emocional; será el rastro de calma y consuelo que dejamos en los corazones de quienes nos rodean.
Feliz y próspero año 2026
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 3er año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
01-01-2026 (133)


