La figura de un padre, o de esa persona que ha ocupado ese lugar en nuestra vida, es una de las columnas más sólidas sobre las que nos apoyamos mientras intentamos descifrar quiénes somos; su presencia en la vida de un niño importa, y mucho.
De niños, vemos a papá como un superhéroe infalible. Al llegar a la adolescencia, ese filtro se rompe y descubrimos que son seres humanos de carne y hueso, con errores, miedos y días grises. Pero lejos de restarles mérito, esa humanidad hace que su esfuerzo valga el doble.
Quizás no todos los padres son de discursos sentimentales ni de abrazos de oso a cada instante. Muchos demuestran su afecto de otras formas: quedándose despiertos hasta tarde para ir a buscarte a una fiesta, enseñándote a arreglar algo en casa, preparándote el desayuno antes de que suene el despertador, o sentándose a ver tu serie favorita aunque no le entiendan ni un cuarto de la trama.
En una etapa donde nos ahogamos en un vaso de agua por los exámenes, los dramas con los amigos o la presión por el futuro, la perspectiva de un padre suele ser nuestro mejor ancla. Tienen esa capacidad de decir «tranquilo, esto pasará» con una serenidad que logra que, por un momento, creamos que todo va a estar bien.
En un entorno donde las cosas no siempre son fáciles y donde hay que salir cada día a guerrear para sacar la casa adelante, ver la disciplina y la resistencia de un padre se convierte en la mejor lección. No hace falta que nos den un sermón sobre la responsabilidad; basta con verlos levantarse temprano cada mañana, sin excusas.
Lo valioso de tener un padre presente no es que sea perfecto, sino saber que, si nos equivocamos, hay quien nos respalde. Es saber que hay alguien que exige lo mejor de nosotros, pero que también nos tiende la mano para levantarnos si caemos.
A veces chocamos con ellos porque defendemos nuestras ideas con uñas y dientes, porque ansiamos más independencia o porque ellos miran el mundo con los ojos de otra generación. Pero esos roces también forman parte de madurar. Saber que contamos con su respeto y su orgullo es una de las motivaciones más grandes que existen.
El Día del Padre no debería ser solo una fecha en el calendario para cumplir con un regalo por compromiso. Es la excusa perfecta para bajar la guardia, aparcar el orgullo adolescente y pronunciar un «gracias» sincero. Gracias por estar, por cuidarnos, por soportar nuestras peores caras y por ser ese faro que, aunque a veces guarde silencio, siempre ilumina nuestro camino.
Feliz día a todos los papás que se la juegan a diario por nosotros.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 3er año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
21-06-2026 (148)



