Trae tu mano y métela en mi costado (Jn 20, 27)
El título de este escrito es una frase imperativa dirigida por Jesús a su apóstol Tomás. Ella ratifica el conocimiento de Jesucristo del carácter de uno de sus discípulos más íntimos. La he llamado “frase imperativa”, porque muestra a Tomás como un hombre de acción con decidida vocación esperanzada, incapaz de atender tan sólo a las demandas de la curiosidad o al conformismo con los escasamente aparente.
Su planteamiento, «“si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”» (Jn 20, 25), es complejo y profundo.
“Complejo”, porque Tomás no quería quedar encerrado en las limitaciones de su simple razón que le impedían o le mermaban la genuina comprensión de los hechos acaecidos en torno a su Maestro; evitaba rendirse ante la idea de un cuerpo fastuoso, libre casi mágicamente de todo vestigio de la pasión; al contrario, lejos de esto y de cuestionarse a qué dios debería sacrificar para obtener un feliz y próspero regreso a la esperanza perdida aquella tarde de la crucifixión, en particular al instante en que su Señor inclina la cabeza y entrega su espíritu (cf. Jn 19, 30), Tomás corrobora, no ya a regañadientes, sino firmemente convencido, una autoconfianza que le abre paso a reconocer el cumplimiento, en las heridas que ve y toca, de esta expresión del profeta Isaías, «por sus llagas hemos sido sanados» (53, 5), siglos después aludida por San Pedro (1Pe 2, 24).
Entonces, más que admirar cómo Cristo Resucitado vence las leyes del espacio y el tiempo, y se presenta íntegramente en “la casa” (cf. Jn 20, 26) donde estaban reunidos, Tomás, mejor aún, participa del especial saludo dirigido por ÉL, «“la paz esté con ustedes”» (v.26), a partir del cual comprende que lo esencial no era echarles en cara, “para dónde habían agarrado o dónde estaban escondidos al momento de la crucifixión”, sino demostrarles que su amor, destellado en su cuerpo con las señales de los clavos y la lanza, no queda en lo inhóspito y desconocido, sino afablemente donado tanto en los momentos difíciles y desesperados como en los gozosos y satisfactorios.
Nuestro parentesco con Tomás, llamado “el mellizo” (cf. v.24), es innegable y a partir del cual como él interpelamos al Maestro en la progresión diaria de la expedición de nuestra vida, principalmente cuando pareciéramos avanzar por un destino incierto, «“¿cómo vamos a conocer el camino?”» (Jn 14, 4), para escuchar de nuevo este generoso y rotundo ofrecimiento, «“yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”» (v.6).
Ahora, el planteamiento de Tomás también es “profundo”, puesto que, la divinidad de Cristo no le queda en un simple retrato idealizado de su cuerpo, sino en la presencia indiscutiblemente seria de una integridad divino-humana a la que ni Tomás ni ninguno de los otros recrea, al contrario, ante la cual sin reservas se postran y nos postramos para exclamarle, más que con el son de los sentidos con el del corazón, «“Señor mío y Dios mío”» (Jn 20, 28).
Pbro. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
03-07-24




