Forjemos presencia de paz

En el evangelio de este XIV domingo del Tiempo Ordinario Jesús envía a los 72 discípulos de dos en dos a las ciudades adonde Él pensaba ir.

El título de la reflexión, forjemos presencia de paz, inspirado en el texto sagrado, lo podemos enlazar íntima y significativamente a esta otra motivación: misionemos en medio del dolor.

Ahora bien, forjar presencia de paz en medio del dolor, pide expresiones faciales, palabras, gestos de afecto, obras, que transmitan profunda calma y serenidad.

El buen Dios, indico esto en solidaridad con todas las familias de los pueblos del páramo de Mérida y otros lugares, de algunas poblaciones del estado Portuguesa, otras localidades del país y otras naciones afectadas por los desastres naturales, no actúa inmisericorde ni contra el orden de su creación.

ÉL vuelve su mirada tranquila a los hombres y mujeres, que ante el dolor y el sufrimiento del otro no se plantan imperturbables a decirse: ¡Qué nos importa lo que no nos atañe!

A ellos el Señor sigue infundiéndoles la práctica de la generosidad, recordándoles así que son humanos y que, aunque enviados a una misión no cómoda, (no faltan los lobos), ni sienten desprecio por el rostro entristecido y desolado de sus semejantes, ni tampoco sienten necesidad de que por ello les paguen.

A las personas afectadas por las condiciones meteorológicas no les preguntemos: ¿han sufrido mucho? Más bien mostrémosles, junto con la caridad sincera y sin ruido, una actitud de alegría propia de las naturalezas hospitalarias.

Esa alegría por la que también exclamamos con el profeta frente a la comunidad: yo haré correr la paz sobre ella como un río (Primera lectura Is 66, 10-14).

La caridad bien hecha a menudo nos evoca las palabras de su principal artífice: pónganse en camino (Evangelio de hoy Lc 10. 1-12. 17-20).

Pónganse en camino, porque al momento después, paseamos alrededor de quienes padecen penurias como misioneros de servicio, de consuelo y sanación: sanen a los enfermos.

Asimismo, meditemos, contemplemos con el espíritu y el pensamiento entero esas grandes proezas que Dios muestra en la noche del dolor a los ojos que permanecen abiertos.

En efecto, concreta Jesús: cuando entren en una casa digan: Que la paz reine en esta casa.

El reinado de la paz, tan difundido por el Papa León XIV, nos invita a evitar convertir el dolor ajeno en espectáculo; al contrario, nos mueve a acercarnos, como el discípulo veraz, con respeto, sin alforja ni sandalias, confiando en la providencia y en la hospitalidad.

Desde luego, ¿podemos hacer del sufrimiento del otro un espectáculo, una ocasión para el morbo?

O, ¿podemos ocuparnos, no de marchar a merced del azar, (quien sabe adónde), sino a estar del lado del necesitado, reconstruyéndole paz y esperanza, porque éste es su turno y es preciso aprovecharlo con transparencia?

«No permita Dios –escribe Pablo– que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Segunda lectura Ga 6, 14-18).

Y el salmista, en la tarea forjemos presencia de paz, corea esta solemne frase referida al Señor: Tu obra es admirable (Salmo 65).

06-07-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com