Por: Rocío Márquez…
En los últimos meses, las llamadas “frutinovelas” se han vuelto parte del paisaje cotidiano de las redes sociales. Son historias contadas por entregas, casi siempre centradas en conflictos personales —infidelidades, traiciones, secretos familiares— y narradas en primera persona. Cada capítulo deja algo abierto, un giro o una revelación pendiente, que empuja a seguir leyendo y, sobre todo, a comentar.
No son solo relatos, están pensadas para enganchar. Funcionan como pequeñas series emocionales que convierten a quienes las leen en espectadores activos, pendientes del siguiente episodio y listos para opinar.
¿Viralización o comunicación de masas?
A primera vista, las frutinovelas parecen un ejemplo claro de viralización. Muchas surgen de usuarios comunes, circulan rápido y alcanzan una visibilidad enorme en cuestión de horas. En ese sentido, encajan bien con la lógica de difusión acelerada, interacción constante y crecimiento exponencial.
Pero quedarse solo con esa explicación es corto. Lo viral describe cómo se mueve el contenido, no lo que provoca.
Cuando lo viral se vuelve masivo
Lo interesante es lo que pasa después. Las frutinovelas no solo se comparten, también organizan la conversación. Durante un tiempo, miles —a veces millones— de personas están hablando de lo mismo, interpretando la historia, tomando partido, discutiendo.
Ahí empiezan a parecerse mucho a la comunicación de masas. No porque tengan un gran medio detrás, sino porque logran algo que antes era propio de esos medios: alinear la atención y las emociones de mucha gente al mismo tiempo.
La diferencia es clave. Antes la masividad dependía de quién producía el contenido. Hoy depende de qué contenido logra expandirse.
El papel de los algoritmos
Aquí aparece una paradoja difícil de ignorar: cualquiera puede crear una historia, pero no todas llegan lejos. La producción se abrió, pero la visibilidad sigue siendo selectiva.
Los algoritmos cumplen un rol central. Son los que empujan ciertos relatos —sobre todo los más emocionales, los más simples, los más polarizantes— y dejan otros en segundo plano. En ese proceso, lo viral se convierte en el camino hacia lo masivo.
Lo que se juega en cada historia
Pero hay algo más, y es parte de su fuerza. Las frutinovelas no solo cuentan historias: activan formas de interpretar la realidad. Cada capítulo empuja a clasificar a los personajes —quién es la víctima, quién el culpable, quién traicionó— y lo hace de manera bastante directa, sin demasiados matices.
Eso facilita que la gente participe, pero también simplifica en exceso. Con información incompleta, muchos no solo opinan, sino que además enjuician. Se arman interpretaciones que no aceptan otros puntos de vista, se reparten responsabilidades y se proyectan experiencias propias como si fueran prueba suficiente.
Más que conversaciones abiertas, muchas veces lo que se produce son circuitos donde se refuerzan ideas ya existentes sobre la infidelidad, el amor o la traición. Las historias funcionan como excusa para confirmar lo que ya se pensaba y se convierten en espacios de amplificación de estereotipos.
Entre lo viral y lo masivo
Por eso, acerca de la pregunta sobre si las frutinovelas son virales o masivas, podemos decir que son las dos cosas, pero en momentos distintos. Lo viral explica cómo circulan; y lo masivo, lo que generan cuando logran instalarse.
En el fondo, lo que muestran es un cambio más amplio. La comunicación de masas no desapareció. Solo dejó de depender exclusivamente de los medios tradicionales y empezó a operar a través de dinámicas más dispersas, pero no menos poderosas.
*Comunicadora Social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.
21-04-2026
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