Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
- Cuando estos signos van apareciendo en mi monitor, Venezuela cuenta treinta y tres víctimas de la violencia institucionalizada; es decir “la guerra”. El mismo número de años con que contaba Jesús Nazareno cuando fue injustamente apresado, tramposamente juzgado, ilegalmente condenado, sádicamente torturado y cobardemente ejecutado en suplicio. Apenas un mes atrás la cristiandad celebraba la vigilia de su resurrección, durante cincuenta días se vive la Pascua, pero Venezuela aún se ve reflejada en el pavoroso y cruento proceso que sobrellevó el Cristo durante su Pasión. Finalizando el día, el cóctel de redes que vierte su mescolanza hace temer que se hayan elevado a cuarenta. La gran mayoría son menores de veinticinco años, así como lo son los innumerables detenidos. La sangría de juventud que estamos sufriendo no solamente nos afecta como venezolanos, afecta moralmente al régimen y revela letalmente su imagen ante el mundo.
En anteriores entregas me adhería al razonamiento de aquel fenómeno de política, fe, acción de masas, y arte, que fue Vaclav Havel, líder de la rebelión checoslovaca: es fundamental el protagonismo de sectores no partidistas ni militares en la contienda contra las dictaduras comunistas o no; gremios docentes y profesionales, sindicatos, federaciones estudiantiles, y el pueblo en fin, ensamblamos a diario la respuesta justa, con Dios y con la historia de nuestro lado. La vanguardia de este movimiento bastante espontáneo son los jóvenes, muchos asombrosamente nacidos y criados durante el gobierno chavista, pero cuya pureza de corazón ha sido salvada del esfuerzo ideologizante despiadado, por la insospechada solidez democrática transmitida por los adultos, por su innata repulsión por la injusticia, y por la avidez con que, a través de nuevos medios, los muchachos se conectan con el mundo libre. Nuestros jóvenes son los protagonistas del protagonismo.
Los ángeles son mensajeros de la trascendencia, voces de Dios. Entonces estos imberbes soldados sin uniforme son ángeles, mensajeros de alas chamuscadas por la violenta represión con que el régimen se defiende, ante un derrocamiento cuyos costos para los jerarcas son incalculables, ángeles golpeados con saña brutal, encarcelados, asesinados, pero cuantiosos, dignos, e incansables. A estos venezolanos que nos reconcilian con la nación que ya había caído en la comodidad y el consumismo, que sacan a relucir el fondo moral de nuestra alma colectiva, rindo homenaje como tantos otros están haciendo. Ningún reconocimiento está de más. Y no puede pasar este tributo sin recordar que necesitan apoyo no solamente material, como muchachos económicamente dependientes que muchos aún son, sino espiritual y psicológico. Estos ángeles están mirando el mal y el odio cara a cara y han contemplado horrores que no podemos saber, necesitan nuestra oración y mucho más. Se puede hacer grandes cosas en su ayuda, pero en nuestro modo de tratarlos, de animarlos, de relacionarnos sin temores con estos chamos guerreros, ya hay una asistencia apropiada. Intentémoslo.
- A propósito de relaciones, los testimonios fidedignos sobre el rechazo a reprimir que crece, en las filas de quienes hacen el trabajo sucio a los amos de la represión, se incrementan. Los vídeos de GNB con sus armaduras uniéndose a manifestantes, los rostros conmovidos y pensativos de algunas efectivas con sus cascos y sus escudos, ante los clamores de las mujeres en protesta, son elocuentes. También hablan por sí mismos el cansancio y tristeza que percibo en sus rostros cuando camino cerca de los piquetes que aguardan los disturbios, el alivio y gratitud que siento en sus respuestas cuando, ataviado con la característica gorra y con evidente actitud de quien va a las marchas, les desafío con un “Buenos días, muchachos”. Hay un proceso en marcha en la moral de muchos agentes y guardias, un proceso que no debemos despreciar.
Atrás cuando los hechos de 2014 me conmovió ver cuatro soldaditos con sus armas caminando en una de las zonas más alzadas de Mérida. Era un momento de quietud, pero iban lentamente por la acera, cansados y temerosos, cual fuerzas de ocupación en un país que resiste someterse. Eran muchachos como los que más tarde estarían obligados a reprimir, muchachos que luego, en la refriega, quizá sentirían enardecer la rabia y la combatividad dentro de ellos, tal como sus oponentes. Empero les vi aquella mañana como lo que eran, otros jóvenes buscando razones para vivir, en la absurda confrontación bélica desatada por la negativa violenta de un régimen a dejar actuar la democracia.
Sé que la escalada de violencia dispersa altas dosis de inevitable y airada ceguera, y algunos están contaminados por el todo-o-nada y el rencor del totalitarismo gobernante; estos amigos no aprobarán lo que escribo, pero hemos de darnos cuenta de que sólo persuadiendo y ganando más venezolanos lograremos una verdadera victoria en esta lucha. La victoria del pueblo venezolano no se queda en salir del régimen de Nicolás Maduro, va más allá y es lograr una renovada Venezuela, un pueblo que jamás vuelva a caer en ilusiones nefastas. Ganar, en este momento de nuestra trayectoria, no es sólo vencer al adversario –pensando como si fuésemos militares en guerra- sino ganarnos a quienes en el pueblo aún están de su lado en esa idea de que el país son dos mitades enemigas. Con ellos hay que interactuar sin temores, exponiendo con nuestra actitud la seguridad de estar en lo cierto y en la búsqueda del bien común. La palabra diálogo está desacreditada por quienes sin duda han abusado de ella o no han sabido concurrir al encuentro con el otro, pero esa palabra es indispensable hasta en nuestra relación familiar. El diálogo a nivel del ciudadano de a pie, es posible y necesario, aunque a altos niveles lo veamos como imposible e inoportuno. Y no necesita ex presidentes extranjeros; el diálogo está en la calle y es entre venezolanos que están claros y venezolanos que van aclarándose cada vez más.



