Con fundamento: Abeles de América

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

“¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!…”

Simón Bolívar, al ser informado del asesinato de Antonio José de Sucre

Desde el Génesis, la historia está bordada tanto con grandes hazañas como con traiciones y alevosías. Antitéticos como son, tanto los gestos virtuosos como los gestos indignos coinciden en un efecto: resultan, en última instancia, didácticos. Como humanos que somos no nos podemos quedar en la mera reacción emocional (sea entusiasmo o repudio); debemos o deberíamos proceder razonablemente a la comprensión de causas, motivaciones, efectos, y asimilar la lección en nuestro propio camino vital.

Venezuela acaba de ser estremecida por una cadena de hechos que no se pueden dejar de comentar. Desde junio del pasado año, cuando saltó repentinamente a la notoriedad el inspector de las Fuerzas Especiales del CICPC Óscar Pérez, sobrevolando el Tribunal Supremo de Justicia en un sencillo helicóptero, en llamado a la rebelión, y en demostración de cuán precaria era en verdad la seguridad de ese foco de ilegalidades que ha llegado a ser la caraqueña mole de concreto, su trayectoria, hasta su término tan épico como trágico, revela mucho de nuestro comportamiento colectivo y pide una valoración crítica de su proyecto mismo.

Habitando un familiar en vecindades del TSJ, tuve oportunidad de compartir de primera mano aquel gesto: la sorpresa, el recelo, la expectativa, cautelosas emociones, pugnaron en un instante para responder al aviso telefónico. No se trataba de otra de esas cadenas que inundan como virus –las más de las veces malignos- medios tan estupendos como Twitter y Whatsapp diseminando desconcierto, temor, o ilusas expectativas, en momentos críticos; quien me lo describía lo estaba presenciando, y pronto pude seguir los vídeos y las noticias. Empero, la desenvoltura con que un individuo llevaba a cabo acto tan aparatoso sobre  un enclave importante para un régimen que estaba demostrando su ferocidad, sin reacción militar inmediata, ya suscitaba sensatas sospechas. La fugaz imagen del Inspector se convirtió en factor de polémica que separó a quienes rechazan el régimen de Nicolás Maduro: algunos lo asumieron como ejemplo y guía, agente decisivo que repentinamente encabezaría una rebelión armada; otros condescendientemente lo valoraron como figura emblemática, aunque de poca efectividad real; otros lo rechazaron como fanfarrón que solamente venía a distraer al pueblo de su necesaria lucha. De todos modos, sus posteriores acciones despejaron la duda de que se tratase de un señuelo diseñado por estrategias  que abundan en tales artimañas. Había saltado de su rol cinematográfico a desempeñar un papel real en la historia, provisto de su entrenamiento policial y su talento escénico.

Muy pocos de los seguidores se ocuparon de conocer al personaje. Seguro estoy que quienes lo estudiaron detalladamente fueron los verdugos gubernamentales y los bien pagados asesores. Se le conocía por apariciones públicas, la más reciente su entrevista en CNN en español, con el célebre periodista Fernando del Rincón, antes de la serie de vídeos en YouTube que se convirtieron poco más o menos que en testamento político.

En 2007, Leopoldo López asistió invitado a un importante evento cultural italiano. Allí compartió el presídium con otros dirigentes políticos latinoamericanos. Estando entre los espectadores, fui a saludarlo y conversé con el brasileño que también había hablado. Su juicio sobre el venezolano fue “Es inteligente y decidido, pero tiende a ser un solitario, así no se hace política”.  Es también la primera lección que nos deja el compatriota abatido en El Junquito: cuando mucho nos unimos en esos fenómenos de soledades intercomunicadas que son los grupos de mensajería, no estamos habituados a jugar en equipo. Otra lección sería el abuso de la imagen: es cierto que en la comunicación de hoy la imagen visual es certero mensaje que asoma ya un contenido, pero en algunos casos la realidad aconseja no poca discreción en su uso. Y la imagen en internet deja rastros, además que, cuando se tiene adversarios, los mensajes provocan alerta, y las provocaciones, contraataques. Otra enseñanza: si bien la psicología social ha sido un instrumento predilecto para el sojuzgamiento de nuestro pueblo, no podemos desestimar el “hardware” que continuamente está siendo adquirido y que es usado sin escrúpulos para mantenerse en el poder. Tanques de guerra y lanzagranadas no son precisamente estímulos para una reacción popular, y sacarles el cuerpo no es un acto de cobardía cuando no se tiene más que unas cuantas piedras a la mano. Así pues, no se puede seguir insultando a un pueblo que, además de inerme, está debilitado hasta el extremo, porque tema y no obedezca a nuestros deseos. El Inspector jamás denigró de su pueblo. Para terminar, pues el espacio no permite ser exhaustivo, aprendamos que hay que fomentar la unidad, jamás la división. Gran virtud de Óscar Pérez fue nunca descalificar a quien buscara su mismo objetivo por otro camino, aunque hay políticos que pretenden usufructuar su breve trayectoria pública para contraponerla a otros del mismo bando, destructivamente, autodestructivamente.

Ahora empezamos a conocer a ése, a cuyo cuerpo abatido se rinden honores: joven, buen padre de familia aunque abandonado por su propio progenitor, calificado y preocupado por cultivarse aún más, caritativo y patriota, activo y activista, es como aquel joven Antonio José de Sucre, soberbio militar, pero un modelo no solamente por sus hazañas castrenses sino, sobre todo, por su civilidad y sus actos humanitarios. De éstos arrancan su valentía y su arrojo, no es al contrario. Es su más grandiosa enseñanza.

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