Con Fundamento: De conversiones y saltos de talanquera

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

A algunos sonará familiar el siguiente recuento: «Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?». El respondió: ¿Quién eres tú Señor? Y oyó que le decían: «Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer»….» Claro que, entrando en Damasco, los cristianos le temieron y rechazaron, pero Saulo había sido elegido «…”como un instrumento para que lleve mi nombre ante los que no conocen la verdadera religión y ante los gobernantes y ante los hijos de Israel.”…» El resto de la historia es leído en la Epístolas paulinas por la cristiandad mundial.

Excusando la prolongada cita de Hechos de los Apóstoles, mi punto es presentar el tema de la libertad en el corazón humano, consciente o inconscientemente atento a un evento, o un encuentro, que realmente lo impacte para rectificar su perspectiva de las cosas. De esto se trata la conversión (con verto, cambiar de punto de vista, girar la visión). Conversión es un término usualmente encontrado en literatura religiosa, donde sobran sus ejemplos. Pero diría que sucede en ámbitos mundanos  también, y son sus efectos los que mueven la historia.

En la épica de nuestra primera lucha independentista (digo primera, pues siento estar participando en una nueva emancipación, esta vez por liberarnos de la hegemonía de cierta tiranía insular caribeña con pretensiones imperiales), los llaneros son pintados con tintes heroicos. Y no falta razón, la incorporación de este contingente fue decisiva. Decisiva, aunque TARDÍA.  Entre 1810 y 1815, los llaneros, al igual que otros grupos sociales del primitivo agro venezolano, lucharon cruentamente contra los criollos al mando de españoles; Fidel Betancourt, en su “Historia Militar de Venezuela”, categoriza este lapso como Guerra Civil. José Tomás Boves, español asturiano, magnetizó a los llaneros con su feroz valentía y fue el caudillo capaz de derrotar las dos primeras repúblicas nacientes. Comentaba su compañero de armas Francisco T. Morales, «Boves tuvo la fortuna de penetrar los sentimientos de los llaneros, gente belicosa que es necesario saberla manejar. Comía y dormía con ellos. Tenía “un no sé qué”, que les atraía, su simpatía. Los dominaba con imperio. Llegó a mandar 19.000 hombres, de los que podía presentar en una acción 12.000» (Vicente Lecuna: 1960). Hasta que Boves no cayera, en 1814, sobreviniendo además el impopular formalismo del general español Morillo y surgiendo un nuevo “taita” igual de valiente y arrojado como Boves, los llaneros fueron violentamente realistas y anti-criollos. El nuevo caudillo fue José Antonio Páez, “el Centauro de los llanos”, quien ya por el año 1815 gozaba de cierta celebridad gracias a su valentía, su don de mando, su habilidad como lancero y su instinto militar y, opuesto a Boves, era decidido patriota. Fue Páez quien conquistó el alma de los jinetes del Llano y así, en insólita conversión en masa, la suerte de Venezuela y de Sur América cambió.

Casos sobreabundan, hasta llegar al cambio incuestionable del Padre José Palmar. Éste pasó rápidamente de la ilusión por la verborrea de Chávez a la percepción de sus mentiras y de la boyante aunque incipiente corrupción de su gobierno. No conozco bien la biografía del eclesiástico e ignoro el tropezón que le hizo pasar de un extremo a otro, pero el denodado sacerdote cambió de visión y comprendió en sus entrañas mismas que el bando de Cristo y de su pueblo no podía ser el de la naciente tiranía demagógica. Nadie puede dudar hoy de la entrega del Padre José al verdadero bien de Venezuela ni de la efectividad de sus declaraciones y actos, como no era posible dudar del fervor independentista de aquellos miles de llaneros que iban a recorrer los Andes a pie descalzo para proseguir su sacrificio por la liberación del continente.

Conozco muchos que, en el trance histórico en que nos encontramos, para mi alegría se han convertido. Amigos que antes rechazaban y agredían los gestos de la llamada Oposición, hoy marchan con ella, otros tantos me han dicho “Usted siempre tuvo razón, esto es pura corrupción y mentiras demagógicas. Ya me harté”. En la prensa y las redes vemos personajes de alto gobierno desenterrar sus convicciones éticas y su formación profesional para condenar el régimen ya francamente dictatorial, y ya he hablado de los agentes de la represión que comienzan a deslindarse y a evitar participación en las frecuentes arremetidas contra el pueblo. Pero hoy estamos viendo algunas conversiones en las que nos cuesta creer.

Y es que, sin embargo, no en todo cambio de bando hay conversión. Los oportunistas no son pocos y hemos visto siempre que “las ratas son las primeras en abandonar el barco que se hunde”. En los que el habla popular llama Saltos de Talanquera puede haber cualquiera de las dos motivaciones. Lo que dejo asentado como término de estas reflexiones es que, en esta mayoría que se levanta contra la minoría que quiere ser aplastante, debe ser valorado todo salto de talanquera. Unos porque resultan paradigmáticos ejercicios de la libertad humana y su apego final al bien: son conversiones; otros porque son síntomas tangibles de que el petulante navío que nos quiere someter se está hundiendo. Nosotros discerniremos; ellos, que salten, pues.

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