Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
“Estamos prisioneros, carcelero.
Yo, de estos torpes barrotes;
¡Tú, del miedo!”
Armando Tejada. Coplera del prisionero
Hablando de fundamentos, dos bases que sostienen el despotismo totalitario moderno son la mentira y el miedo.
La implacable y onerosa maquinaria propagandística de las neo-dictaduras crea sin cesar slogans, tuerce noticias y transfiere culpabilidades con descaro pasmoso. Una humorada del período soviético describe la redacción un titular en el único periódico, órgano oficial a la vez del PCUS y del gobierno comunista, que irónicamente llevó el nombre de Pravda (“Verdad”). Palabras más o palabras menos, dice el chiste que, compitiendo en maratón un atleta soviético perdió la carrera contra un único oponente, éste norteamericano. ¿Cómo lo reseñó el titular de Pravda?: ¡HONROSO SEGUNDO LUGAR PARA NUESTRO HÉROE DEL ATLETISTO SOCIALISTA. EL CAPITALISTA, EN CAMBIO OBTIENE SÓLO UN VERGONZOSO PENÚLTIMO LUGAR! La mentira sostenida contra toda evidencia, y repetida hasta la saciedad (hace poco parafraseaba a Goebbles, el ministro de propaganda nazi: “Una mentira tuiteada cien mil veces se convierte en verdad”), manipulando u ocultando estadísticas, modificando material gráfico o difundiendo falsa información, confluye con la explicación prefabricada y amañada de la realidad que llaman ideología política, y que deforma toda visión de la situación para acomodarla a pretextos y subterfugios del régimen dominante. Basta que el individuo se rebele contra la mentira, confirmando noticias, abriéndose ávidamente al entorno, informándose bien para no ser ignorante pasto de la falsedad, para que comience a ser un agente liberador que busca y difunde libres verdades. Por lo contrario, la perezosa permanencia en la ignorancia llega a hacer del individuo un eficiente agente del régimen. Tanto la alta burocracia que impera, como el pueblo mismo, llevan una existencia sujeta a la mentira, en un juego perverso que les domina e impone pautas de conducta.
El temor, por su parte, es instrumento cruelmente dirigido contra masa e individuo: de manera brutal, con continua ostentación de aparato bélico y tropa constantemente armada, que hostiliza y acosa al ciudadano en cualquier circunstancia y con cualquier subterfugio y que usa su poder de fuego para eliminar al incómodo o reprimirlo sin fórmula de juicio, o más sutilmente, manipulando el genérico instinto de conservación, manteniendo un permanente miedo a la hambruna, o haciendo creer que sólo los mendrugos que administra el régimen permiten sobrevivir y que, de triunfar el adversario político, aún estos mendrugos desaparecerían. En contextos como el que Venezuela vive, es permitida la acción desatada del hampa como ingrediente adicional que incrementa el estado psicótico de desasosiego. Del mismo modo como la mentira subyuga finalmente tanto al tirano como al pueblo, el miedo aferra fatalmente tanto a las huestes que abusan del poder como a sus víctimas. Adquieren y mantienen costosísimos aparatos de vigilancia, escuadrones de guardaespaldas y, en mucho, arremeten en desproporcionadas e irracionales ofensivas que son en el fondo cobardes actos de auto-defensa para no perder privilegios ni recibir los castigos a los que se hacen acreedores. La gran diferencia está en que, mientras el miedo de unos les mantiene sujetos a la indignidad y las privaciones, el de los otros les garantiza opulencia y groseras ventajas. Los extremos más endebles y expuestos de este armatoste del terror son los militares, a quienes vemos moverse incómodamente como tropas de ocupación en su propio suelo, a las órdenes de un poder que en verdad no se identifica con ideal nacional alguno. Así deterioran vertiginosamente su respetabilidad y –eventualmente- mucha de su capacidad de intimidación. No bastan los actos de supuesto altruismo y servicios (que no les corresponden) para contrarrestar la imagen de agentes invasores en un permanente estado de sitio. Empero saben los medrosos déspotas de las alturas que una chispa suficientemente grande puede inevitablemente desequilibrar la balanza de terror cuyo equilibrio les favorece, haciendo saltar violentamente la tensa quietud. Pero nosotros podemos enfrentar el miedo. Contra el miedo sólo se lucha fortaleciendo la esperanza y la conciencia de la propia dignidad, y favoreciendo una educación para el trabajo que evidencie la capacidad productiva autónoma en la colectividad, mientras se disuelve valientemente la polarización que nos ha llegado a hacer ver como peligrosos bandos enemigos en la patria común. Los enemigos no somos nosotros ni son tantos y están, ellos sí, sitiados en sus oficinas y mansiones.
Es posible entonces, desde nuestra aparente desprotección e invalidez, emprender una acción cotidiana de combate contra mentira, miedo y despotismo. Sin una bala.



