Con fundamento: La caldera del diablo

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

En tiempos del arribo a Mérida de los primeros canales de televisión, leíamos en prensa comentarios sobre cierta serie dramática en una televisora capitalina que aún no llegaba a nuestra ciudad. Protagonizada por una Mia Farrow entonces jovencita, acompañada por un excelente reparto, mostraba las intrigas, escándalos y traiciones, en un lugar llamado Peyton Place, cuyo nombre era el título inglés del culebrón. En español, siguiendo aquel tonto hábito de modificar los títulos originales al traducir al castellano, se llamaba “La caldera del Diablo”, evidentemente buscando la truculencia y el amarillismo que dicen gustamos los latinos.

Ya hace más de cinco décadas de aquel canal seis colombiano, único visible en nuestras casas, que luego fuera utilizado por la Televisora Andina de Mérida. Peyton Place no llegó a ser visto en estas pantallas, probablemente para bien del público emeritense de entonces. El libro original había sido un exitoso escándalo en Estados Unidos, cuando apareció mostrando sin escrúpulos las poco edificantes respuestas de la sociedad en un pequeño pueblo a los dramas y sordideces de la vida en los cincuenta,  “desde el natural despertar de la sexualidad hasta el odio racial y de clase, el incesto, el aborto o la corrupción del poder religioso”, sin obviar la hipocresía moralista y formalista, la colisión de ambiciones desatadas, y el valor de quienes se atrevían a enfrentar la pequeña catástrofe resultante. El personaje de la rebelde y confundida chica, que con talento encarnaba la Farrow, no podía sustraerse de los males que criticaba y combatía, así que formaba también parte de la Caldera del Diablo.

No es, sin embargo, mi intención escribir crítica literaria ni cinematográfica. “La Caldera del Diablo” vino a mi memoria llamada por cierto desasosiego. El que surge por la catastrófica desarticulación política con que los líderes de este pueblo descontento parecen enfrentar al Frankenstein dictatorial, de miembros informes y en despelote, pero con la unitaria guía del mañoso anciano Raúl Castro.

“¡Bochinche, bochinche!”, se lamentaba amargamente Francisco de Miranda –el único generalísimo de la naciente América, victorioso sobreviviente de la épica europea y héroe romántico de Rusia- frustrado por la imposibilidad de reunir el hormiguero de caudillos, inflamados e inexpertos extremistas, ególatras narcisistas, anárquicos politicastros y saboteadores con buenas intenciones que hundieron la Segunda República. El bochinche atrasó la victoria independentista incrementando la siembra de víctimas en una guerra que quiso librarse desorganizadamente, con lanzas y machetes, contra ejércitos con armas de fuego y experiencia militar. Un par de décadas hubo de transcurrir, con su carretón de muertos y ruina, para que una precaria unidad señalara a la luz más allá del túnel, y los independentistas venezolanos no solamente se acercaran a su triunfo, sino llegaran a guiar exitosamente media América del Sur. Ese trayecto de nuestra historia republicana nos lanza no pocas advertencias.

Compadezco a los dirigentes que, estimando la utilidad del llamado feedback para sentir la conexión con la ciudadanía, ya no utilizan el predicar a grandes concentraciones, como en los antiguos mítines, sino acuden a las redes con sus estadísticas y respuestas, y a las encuestadoras. Pues si bien es cierto que Facebook, Twitter, Instagram, y Whatsapp, ofrecen la maravillosa oportunidad de acortar presuntamente las distancias y establecer contacto directo con cada individuo del universo receptor, estos nuevos medios sustituyen el clamor de la masa con la cacofonía atomizada de millones de pequeños intereses individualistas, además de portar, las más de las veces, matrices prefabricadas de opinión que manipulan y distorsionan el parecer del pueblo. Entonces los medios fantásticos que ofrece la tecnología se tornan lóbrega fuente de inmovilizador desconcierto, de sospecha, o de cambiante incoherencia política. Diabólicas alternativas que confunden las responsabilidades de los líderes, atrayéndoles a falsos objetivos, obstaculizando además la necesaria coordinación en alianzas como las que Venezuela sigue necesitando, fusionando sus voces y sus acciones con los de La Caldera del Diablo en que puede volverse la oposición demócrata venezolana. Tal como ocurrió con la atormentada muchacha en Peyton Place.

Hago votos para que el modesto alcance de estas palabras pueda contribuir a racionalizar el “Bochinche”, a articular prontamente  los múltiples sectores que han compuesto la unidad, para evitar la reacción en cadena que dinamita y avienta lejos toda posibilidad de éxito democrático, que aprendamos la lección de cómo un lugar aparentemente controlado e idílico, como la comunidad de Peyton Place, deviene Caldera del Diablo arrastrando a sus habitantes. Y que no sean solamente los dirigentes quienes eviten el desastre, sino que cada uno de nosotros, articulista y lectores, trabajemos para no terminar en la infernal e indigesta zambumbia que se cocina en tal caldera. Amén.

bmcard7@gmail.com