Con fundamento: La Otra Banda

Por: Bernardo Moncada Cardenas…

Como indicio de su destino, Mérida ostenta en su escudo la frase “No puede esconderse la ciudad situada sobre una montaña”, tomada de los Evangelios. Fatalmente este escondido asentamiento ha sostenido repetidas insubordinaciones. Su fundador, Juan Rodríguez Suárez, terminó sus días pagando el desplante de hacer ciudad sin permiso de La Corona, la noble terquedad de su primer obispo creó diócesis y casa de estudios contra todo pronóstico, esta última sin proyecto oficialmente sancionado. El movimiento comunero que precedió la guerra independentista tuvo decidida acogida en este suelo y los merideños en buena parte se incorporaron a la gesta de Bolívar, precursores en reconocerle el título de Libertador. Pocas veces se ha doblegado Mérida ante el poder, aunque un talante discreto, típicamente montañés, evite rebeliones muy clamorosas.

Para quien no recuerde este altiplano rodeado montañas imponentes, cuatro gargantas cortan su orografía, llegando a cierta profundidad la que ha hendido el río Chama, al suroeste, y la del río Albarregas, al noreste. Separa el Albarregas la meseta de otra área plana en donde se vierte el piedemonte de la Serranía de La Culata y que durante gran parte de los cuatro y medio siglos de historia merideña se mantuvo aislada del parsimonioso desarrollo urbano. Tradicionalmente el área fue conocida como “La Otra Banda” y, en el siglo XX, sólo fue recorrido por la Carretera Panamericana, segmento del frustrado proyecto con que se planeaba vincular Barinas con el Sur del Lago. En la década de los setenta, el trazado de la Avenida Las Américas y la construcción de tres imponentes viaductos rompieron el aislamiento; los campos cultivados de la Otra Banda fueron rápidamente desplazados por estructuras en las cuales hoy habita la mayor parte de la población urbana, fue construido uno de los mayores conjuntos del extendido campus de la ULA y se desarrollan los centros comerciales que atraen mayor público. El dinamismo universitario y comercial de la ciudad es un ir y venir sobre los viaductos, entre la nueva área y el centro histórico.

Durante las recientes sacudidas sociales contra el ahogamiento que acosa al pueblo venezolano por los desmanes del proyecto político que se enseñoreó de nuestra historia durante ya casi dos décadas, los conjuntos residenciales que caracterizan el urbanismo de la Otra Banda han sido escenario y apoyo de valerosas respuestas colectivas. En 2014, un traicionero ataque de hordas para-policiales al populoso conjunto “Monseñor Chacón” fue piedra de toque para la sublevación de toda la Avenida las Américas, cerrada al tráfico durante casi tres meses por voluntad de los sacrificados habitantes. Desde La Hacienda hasta La Liria se auto-decretó territorio libre y, con apoyo de los vecinos, un singular estado de sitio reinó tensa y convulsivamente en sus calles y avenidas.

La meseta, en cambio, ha presentado un ambiente asaz distinto. El  centro histórico, focalizado en la Plaza Bolívar, parece sometido por bandas armadas y ciudadanía afecta al gobierno, surgiendo de la Gobernación cuyo despacho ha estado ocupado por militantes del PSUV desde que Hugo Chávez llegó al poder. Si bien colindan en la plaza el Rectorado de la Universidad de Los Andes y el Palacio Arzobispal, el área está excluyente y agresivamente ocupada. Pero no solamente esa violencia permanente, sino la sorda dinámica de millares de pequeños comercios aislados hacen de la Mérida histórica zona refractaria a las turbulencias sociales y políticas, sólo perturbada por las ocasionales marchas que la recorren. Contrasta su impavidez con la evidente vocación insurrecta que, cual andina Rive-Gauche estalla a menudo del otro lado de los viaductos. Ni qué decir que La Otra Banda pareciera haber sustraído y asumido aquella vocación rebelde de la meseta, cuya rutinaria actividad pareciera soslayar la agitación con que siempre manifiesta su radical disconformidad la gente de Las Américas. Este estado de cosas, que naturalmente frustra a quienes intentan reivindicar ardorosamente el derecho a la protesta consagrado en la Constitución, es reflejo de la dicotomía entre descontento y conformismo que tan bien aprovecha el régimen para mantenerse en el poder. Cuando la Mérida de la meseta recobre su vocación libertaria, al lado de La Otra Banda, recuperará así mismo su rol ejemplar en el proceso histórico del país entero.

02.11.2016 Bernardo Moncada Cárdenas  – bmcard@hotmail.com