Con fundamento: Niño Jesús en la crisis

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

“Y de repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace!” Lucas 2: 13-14)

Entre dos vísperas, la de Navidad y la de Año Nuevo, mantenemos en el corazón la imagen de Jesús niño. La cristiandad ha extendido por el mundo este recuento sobre Dios Hijo, Rey del Cosmos, que se presenta humano, muy humano, sobre la paja reseca de un pesebre, quizá envuelto en tosco pañal, con su frágil vida dependiendo del humilde calor materno en la fría noche de Belén. ¡Mayor crisis que esa…! No obstante, ha sido un acontecimiento capaz de unir, desde entonces para siempre, naciones y razas, pobrezas y fortunas. El niño que nace es un monarca con mayor riqueza que la soñada por emperador alguno y es, al mismo tiempo, un necesitado judío de Palestina, viniendo a nacer arrimado en un refugio pastoril sin dueño, nada hubiera predicho que su presencia duraría a través de milenios y sin embargo aquí está. Por ello la humanidad entera puede verse reflejada en él.

Narra Lucas en su Evangelio que el cri cri de los grillos esa noche se oyó turbado por la aparición del ángel a unos pastores: “Y de repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace!”. Como un augurio universal, el coro multitudinario ofrece la paz a quienes acojan el nuevo llamado de Dios Padre. El clamor de los ángeles canta bajo las estrellas nada menos que el nuevo nacer de la raza humana, la Nueva Alianza, la posibilidad de un nuevo comienzo. Sí, existen el mal y la muerte, pero la vida, nos recuerda el Niño en su precario refugio, está determinada por el bien y por el continuo nacimiento que experimentamos desde que vemos la luz.

El impacto de este sencillo hecho ha sido, pues, inmenso y capaz de afectar la Tierra entera. No elimina los duros infortunios que la humanidad afronta, pues son en su mayor parte efectos de la libertad mal utilizada de los hombres mismos, pero nos hace comprender que no es la adversidad lo que da sentido al vivir, sino esa paz prometida por los ángeles, que llega cuando nos reconciliamos con el Misterio trascendente y aceptamos Su primacía por encima de las vicisitudes del mundo, primacía que se hace premisa para nuestros proyectos y actos.

Ocho días, en hermosa simetría, separan estas celebraciones que recuerdan la necesidad tremenda de esperanza que sufrimos en el mundo y, específicamente, en nuestro país. “Bríndale la calma que tanto le falta al venezolano”, dice Simón Díaz, maestro de venezolanidad, en un bellísimo aguinaldo; para la llegada de un nuevo año el Niño nos brinda la calma y las mejores expectativas.

En 1853, en medio de la durísima crisis en la cual quedamos sumidos tras la Guerra de Independencia, y poco antes de la violenta Guerra Federal, apareció este escrito en El Correo de Caracas: “la esperanza no es esa ilusión que habéis desgarrado en vuestras manos como los leves tejidos de un velo de mujer, la esperanza es la sola realidad de esta vida de mentira y error” (Aguinaldo religioso). La esperanza que trae el Niño, la que nos prepara para la página en blanco del nuevo año, es una esperanza realista y conocedora de los sinsabores y dificultades que igual nos tocará enfrentar, prevalecer es la única realidad dentro de todo ese barullo. De eso se trata la vida; cuando la adversidad nos atenaza con su aparente poder, lo más real es esa esperanza diferente de la mera ilusión.

Que este lapso de luz extendido entre domingo y domingo signifique construir un puente hacia el sosiego y la esperanza, actitudes que necesitamos para vivir en tiempos de grandes dificultades y construir con tenacidad el futuro seguro por encima de ellas.

bmcard7@gmail.com