Con fundamento: “¡Vamos a quemar cauchos!”

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

No es quizá momento propicio para hacer críticas a quienes valientemente toman las vías para vocear y hacer sentir su resistencia al régimen que oprime a Venezuela. Pero una cosa es ser crítico y otra ser criticón. Y me parece que la labor crítica no está de más cuando toca buscar recursos cada vez más eficientes en procura de lo que tanto nos apremia, viendo la dificultad que tenemos en alcanzarlo. ¿Qué queremos lograr?

Meses atrás decidí unirme a la protesta del personal administrativo y obrero de mi facultad en la Universidad, estimando la justeza de su irritación y sus peticiones. Se había acordado bloquear por una hora los accesos al campus, voceando consignas y atravesando pancartas. Allí me encontraba a gusto, único docente entre mis amigos, llenos de ánimo y explicando a los contrariados conductores los motivos de nuestra actitud. Escuchando, eran muy pocos quienes se impacientaban o se oponían a nuestra acción. En minutos, los manifestantes aumentamos en número, y en satisfacción por observar los efectos de nuestra presencia y actitud. Repentinamente, del lado nuestro del bloqueo, arribó un auto cargado de neumáticos. Sin decir una palabra, los conductores descargaron los cauchos, sacaron un recipiente con combustible que regaron encima y en un segundo los encendieron. Con expresión heroica volvieron al auto y desaparecieron. El aire que llenábamos con palabras y movimiento comenzó a saturarse de hedionda humareda, calor y hollín. Mis compañeros de protesta callaban con una mezcla de disgusto y resignada comprensión, tomando distancia de la insalubre fogata: es que ese el modo estándar de protesta en Venezuela y en Mérida.

En mis años de estudiante universitario (y, por lo que acaban de leer, se darán cuenta de que la cosa sigue siendo crónica), jamás evadí solidarizarme con la mayoría de las justificadas manifestaciones que agitaron la universidad y la ciudad en los ’70; hasta huelgas de hambre protagonicé. Sin embargo, no arrojaba piedras ni me dediqué a quemar automóviles ni neumáticos; es que dañar la propiedad pública o ajena no me parece forma persuasiva de convencer hacia causa alguna. Una de las más eficientes protestas que he visto fue hecha por los estudiantes de lo que era el Centro Universitario De Arte y ya iba rumbo a convertirse en Escuela. Como director, me enorgullecieron los muchachos con su creatividad impactante, puede ser porque su vocación artística les hiciera comunicadores natos. Disfraces, caricaturas, música, teatro, se usaban para ganar adeptos y cambiar las opiniones adversas. Así logramos plenamente el objetivo que es hoy la pujante Facultad de Arte en la ULA. Lastimosamente no todos podemos radicalizar la expresión de nuestras disconformidades con tal riqueza de tácticas.

Pero no es sólo nuestra limitación expresiva, sino son las condiciones en que a veces tenemos que protestar, la gravedad de nuestros señalamientos, o el grado de represión con que reaccionan quienes defienden el status que denunciamos, que imponen pautas de mayor combatividad. Esto hay que entenderlo especialmente en el escenario que estamos confrontando hoy. Y sin embargo, precisamente por ello, salir automáticamente a recoger “chivas”, como llamamos a los neumáticos usados, para prenderles fuego e interrumpir cómodamente el tránsito, resulta un expediente facilista y desconsiderado en cualquier manifestación de protesta; ninguna salida habitual y trillada es oportuna en momentos cuando sentimos que nos jugamos el futuro del país y nuestra vida misma. Necesitamos presencia en las vías, necesitamos un público al cual convencer, transeúntes a quien ganar o radicalizar, necesitamos hacer visible la importancia de defender sonora y abiertamente a Venezuela y su democracia, todo menos ocultarnos en el humo y ahuyentar nuestros compatriotas. Necesitamos sumar ingenio, magnanimidad y creatividad a nuestro empeño.

Queremos la paz, y la queremos porque hemos vivido ya dieciocho años en guerra sin darnos cuenta. Ya esto de batallar movidos por deseo de paz es una contradicción interesante. Empero no es violentando e importunando a los indefensos, a quienes no nos han agredido que vamos a lograrla; eso, amigos, se llamaría terrorismo. Igualmente, si anhelamos la reconstrucción de nuestro país no es destruyéndolo que vamos a lograrla.

Además, el uso de las acostumbradas recetas hace más efectiva la represión que la rebelión, pues están ya más que estudiadas ¿o me equivoco? Pensemos, pues, en la seriedad de nuestra meta y la efectividad de que hacemos antes de dejarnos llevar.

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