Por: Angélica Villamizar…
En el debate público latinoamericano, el populismo suele reducirse a la figura del líder carismático que irrumpe con promesas redentoras y concentra el poder. Sin embargo, la obra El engaño populista de Axel Kaiser y Gloria Álvarez nos invita a mirar más allá del síntoma para reconocer la enfermedad de fondo, un sustrato ideológico profundamente arraigado que concibe al Estado como un ente providencial, heredado en gran medida de la tradición francesa del intervencionismo centralizador. No se trata, entonces, de un exceso circunstancial, sino de una cultura política que naturaliza la concentración del poder y subordina al individuo a una supuesta voluntad colectiva gestionada desde arriba.
Frente a este diagnóstico, cualquier estrategia que se limite a ganar elecciones está condenada al fracaso. Ganar comicios no basta si no se logra una transformación profunda en la mentalidad y las costumbres de un país; porque, sin ese respaldo cultural, los populistas siempre regresarán a demoler lo poco que se haya construido. La verdadera apuesta debe orientarse hacia la edificación de un nuevo sentido común democrático, uno que se asiente en el escepticismo frente al poder estatal y en el respeto irrestricto a la propiedad privada. Como bien advirtió el economista Friedrich Hayek, si se desea cambiar la dirección de una sociedad, primero hay que influir en los intelectuales para que las ideas de libertad se popularicen; solo entonces los políticos terminarán por seguirlas.
Existen precedentes concretos de éxito en la región y el mundo, un ejemplo de ello, son los modelos como el de los “think tanks” ingleses, que prepararon el terreno para las reformas de Margaret Thatcher, o la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala, que ha logrado articular una corriente contrahegemónica frente al marxismo, demuestran que es posible revertir el statu quo cultural. Por eso resulta imperativo que la clase empresarial deje de financiar a quienes buscan destruir el orden de mercado y comience a invertir en la difusión de las ideas que sostienen una sociedad libre.
En países como Venezuela y tantos otros bajo regímenes populistas en la región, la urgencia es aún mayor. En este país, la concentración del poder y la erosión de los contrapesos institucionales no son accidentales, sino consecuencias directas de esa herencia providencialista. Por ello, resulta impostergable la creación de un sentido común democrático genuino, donde prevalezca la institucionalidad, la separación de poderes y la responsabilidad individual.
La cultura, la academia y los medios deben convertirse en los nuevos campos de batalla. No se trata de disputar meras elecciones, sino de asegurar que la libertad deje de ser una opción política más para volverse un valor compartido por la mayoría. Solo así podremos desmontar el “engaño populista” desde su raíz, no combatiendo a un líder tras otro, sino construyendo una ciudadanía que, por convicción, rechace toda concentración arbitraria del poder y defienda las instituciones que la hacen posible.
04-06-2026 (171-2026)
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