(Mateo 13, 44-52)

Esta pregunta la formula Jesús a sus discípulos después de comparar el Reino de los Cielos con el “tesoro escondido”, el “comerciante de perlas finas” y la “red echada al mar”, para luego pasar a la parábola del escriba.

A través de ella, el Maestro nos invita a repasar estas comparaciones; al ilustrar con sencillez y claridad la realidad inmaterial del Reino, no nos permite permanecer en una escucha o en una observación imparcial. Por ende, la pregunta de Jesús —que centra nuestra atención en las parábolas del texto sagrado de este XVII Domingo del Tiempo Ordinario— concuerda con la visión del salmista: “La explicación de tus palabras ilumina y da entendimiento a los sencillos” (Salmo 118).

He señalado, “no nos permite permanecer en una escucha o en una observación imparcial”, con el objeto de resaltar:

  1. Con la parábola del tesoro y la perla, centramos nuestro conocimiento y vida en el valor supremo del “Reino de los Cielos” y la actitud de decisión radical.

En efecto, ¿le estamos concediendo más importancia a las comodidades materiales de la vida y a ellas les sacrificamos el sosiego, la tranquilidad y la seguridad? Es inevitable hacernos esta precisión: las comodidades materiales son relativamente limitadas en comparación con la búsqueda del reinado de Dios. En quienes sustentan en aquellas todo lo relacionado con sus personas, lo más seguro es que se genere una miseria intolerable. De hecho, en la primera lectura (1 Re 3, 5-13), ante la pregunta del Señor a Salomón de que le pida lo que quiera y Él se lo dará, el joven monarca alaba primordialmente el trato misericordioso respecto a su padre David. Aunque este poseía poder y dinero, Salomón confirma de él, en relación con su Creador, un comportamiento “con lealtad, con justicia y rectitud de corazón”.

  1. Con la parábola de la red tenemos la separación de las personas comprometidas con la búsqueda del Reino de las no comprometidas. No se trata de asentir que el anuncio, la enseñanza y la vivencia del Reino estén en mentes y manos privadas. Seríamos injustos al siquiera intentar atribuir la creciente superioridad del trabajo por el Reino solo a una mayor riqueza de medios; en su éxito —y la Iglesia Católica en su tradición y misión en el mundo lo ha dejado suficientemente diáfano— juegan un papel importante la dedicación, la paciencia, el espíritu de comunión y la capacidad de cooperación que nutre la sana creatividad. Por ejemplo, en ello también escuchamos dirigido a nosotros el tono motivador de esta frase: “te doy un corazón sabio y prudente” (Primera lectura).

Y 3. Con la parábola del escriba, Jesús nos mueve a una transición de lo viejo a lo nuevo. Es provechoso sentir una profunda admiración por la herencia dejada en nuestras manos, porque en lo nuevo, en función de la sana creatividad, ambos adjetivos, viejo y nuevo, están estrechamente entrelazados; pero la actitud del “espectador pasivo”, muy parecida al escucha u observador imparcial, es indigna de la preocupación y ocupación por la instauración del reinado de Cristo. De este modo, en la segunda lectura (Rm 8, 28-30) aparece el término “predestinados”, e ilógicamente pensaríamos que hay un solo grupo destinado a salvarse; no obstante, desde la Iglesia Católica y la teología paulina, el mismo no alude a un fatalismo selectivo, sino a la realización de la soberanía como designio de amor divino orientado por Cristo a toda la humanidad: “a quienes conoce de antemano los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito de muchos hermanos”.

26-07-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com