(Mateo 26, 14–27, 66)
Con este versículo-título comprendemos hoy al inicio de la Semana Santa, con la celebración del Domingo de Ramos, que, Jesús en la pasión, demuestra ser en su sufrimiento, el fundador divino y originario de la salvación del género humano.
Por eso, escuchar la lectura de la pasión según el Evangelio, es liberar una meditación profunda en la cual el Señor “despierta” nuestro oído (cf. 1ª lectura), no para un aprendizaje por repetición automática, sino como el del discípulo de Cristo que primero sabe escuchar, para luego hablar en consonancia con la vivencia de la fe y la esperanza.
En efecto, la pregunta elaborada por Jesús a sus captores, “¿han venido ustedes, a apresarme como un bandido, con espadas y palos?”, es prueba irrefutable de una constancia inalterable frente a la hostilidad.
Desde luego, a ejemplo del que van a apresar “como un bandido”, dejémonos guiar en el discipulado por la docilidad del Espíritu Santo (cf. Salmo 21), y no seamos seguidores suyos al modo de los que les encanta hablar por cuenta propia; al contrario, como quienes entusiasmados por este renglón, “Señor, auxilio mío, ven y ayúdame, no te quedes de mí tan alejado” (Salmo), sepamos alentar fidedigna y dócilmente en la esperanza cristiana, puesto que, aunque no estamos en la absoluta capacidad de arrancar nuestra vida del sufrimiento, no obstante, con certeza, reconozcamos y vivenciamos que él no es la última palabra. De hecho, la espiritualidad católica nos ha insistido en que la oración no tiene que ser “bonita”, sino “sincera”, ya que, en realidad también se nos ha certificado que Dios escucha el grito del afligido.
Es una honra sincera de todo cristiano a su Maestro, Jesucristo, reconocer que Él siendo por naturaleza Dios, asume la naturaleza de esclavo (2ª lectura).
Jesús siempre manifiesta su divinidad en beneficio del género humano.
Donde Adán, y variados hombres quieren ser como Dios por la desobediencia, —notemos el contexto mundial actual, la guerra en el Medio Oriente; por cierto, los niños más vulnerables y ninguneados por el estruendo no se alimentan ni con misiles, ni con drones—, Cristo, siendo Dios, se hace hombre por la obediencia. Él desciende a la humanidad para servirla.
Con el versículo-título de esta reflexión, además aseguro que Mateo presenta a Jesús como el Mesías Rey, cuyo sufrimiento cumple cabalmente las Escrituras y cuya muerte sacude la seguridad de los cimientos del mundo.
Por ejemplo, el inicio del salmo 22 en arameo es, Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?, el cual, al ser clamado con fuerza por Jesús, en lugar de desdibujarlo en un grito de desesperación, más bien es un grito de oración; asimismo, la corona de espinas que es motivo de burla para el soldado romano, al cristiano le revela la genuina realeza de Cristo, que reina desde el projimidad y la inmolación.
Conjuntamente, Mateo narra el desgarro del “velo del templo”, con el objeto de subrayarnos el final de la antigua separación entre Dios y el hombre; la comunión con lo sagrado, es ahora un derecho universal.
Cristo, de quien aún escuchamos interpelarnos, “¿han venido a apresarme como un bandido, con espadas y palos?”, para todo creyente auténtico, su cuerpo es lugar de la presencia de Dios. Y, al respecto, observemos y profundicemos que fue un pagano con esta expresión, “verdaderamente éste era hijo de Dios” (27, 54), quien distingue lo que el pueblo elegido, incluso seguidores, no pudieron ver.
En fin, interrogo:
¿Quiénes somos, frente a la Verdad que no se defiende con la violencia?
29-03-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




