(Lucas 18, 1-8)
Este título recoge, en boca de un personaje sencillo del evangelio dominical, la súplica insistente ante el juez sin justicia.
Podemos considerarlo un grito lastimero —un reclamo— también apreciable en el contexto de nuestras sociedades.
Con él ellas —sus miembros de carne y hueso— se apartan del rotundo, no tienen esperanza, y acogen esta vivificante apelación: no tengan miedo.
Es cierto: también encontramos a muchos marcados por la fragilidad, pero capaces de reclamar justicia ante sus referentes institucionales, porque hallan respaldo firme. Aquí resuena la imagen bíblica de la primera lectura: “se colocaron a su lado y le sostenían los brazos”, como lo hicieron Aarón y Jur con Moisés durante la batalla contra los amalecitas. En estos acompañantes, los vulnerables descubren la garantía de una justicia eficaz —divina, humana y concreta— que otros desprecian o ignoran.
En todo requerimiento de justicia, algunos o una gran mayoría les dicen a sus promotores: no tendrán éxito.
Desde luego, otros los animan y les aseguran: existen quienes al clamor de justicia no les son indiferentes; vencen las inclinaciones, flojera, apatía, corrupción, que a tantos arrastran a la infidelidad.
Estos artífices de honradez formulan la pregunta a los que escépticos se muestran frente a ella: ¿Creen que está ciega?
Y, naturalmente, esta pregunta nos cerciora esta justificación: no podemos pedirle a la roca ser justa, sino al corazón del ser humano.
En consecuencia, la insistencia de la viuda hizo recapacitar al juez injusto:
Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia.
Estos renglones, dirigidos también a nosotros, piden conservar con paciencia, esperanza, educación, este valor: en nuestros ineludibles límites humanos, la justicia debe estar bien defendida.
A propósito, recordemos la instrucción que Pablo ofreció a su discípulo Timoteo: Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado.
A nuestras personas tantas veces probadas y zarandeadas por la aspereza de la infidelidad, fortifiquémoslas oponiendo resistencia a los pecados, que, si los dejamos alojar en ellas, terminan convirtiéndose en las plagas del espíritu.
Para cerrar, volvamos con tacto espiritual a la estrofa final del Salmo 120, que nos asegura con firmeza:
Te guardará el Señor en los peligros y cuidará tu vida; protegerá tus ires y venires, ahora y para siempre.
19-10-2025
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




