Por: Angélica Villamizar…
Venezuela ha estado marcada por una profunda fractura social, política y humana. Una diáspora que ha dispersado a millones, una sociedad polarizada hasta la médula y un tejido productivo e institucional devastado conforman el panorama actual. Sin embargo, en medio de tanto caos, emerge con fuerza una necesidad colectiva, que es la reconstrucción del país.
Es imperativo tender puentes sólidos sobre el abismo que nos separa. Es muy añorado un reencuentro con los que se fueron, quedando las familias divididas. Esto implica escuchar al que piensa distinto, comprender las razones del otro y reconocer que, más allá de las legítimas diferencias ideológicas, compartimos un anhelo común de paz, estabilidad y prosperidad. No se trata de un borrón y cuenta nueva, sino de un punto de partida.
Que nuestros corazones guarden el perdón a las diferencias, pero debe existir justicia para las víctimas. Perdonar no es sinónimo de olvidar, ni de negar la verdad. Es liberar el peso del rencor que paraliza. Podemos y debemos perdonar las divergencias políticas, las posturas encontradas, para avanzar.
Por otra parte, durante años, la universidad y el pensamiento crítico fueron menospreciados, perseguidos o ignorados. La fuga masiva de talento es una de nuestras mayores tragedias. Para reconstruir la infraestructura, diseñar políticas públicas eficaces, recuperar la salud, la economía y las instituciones, Venezuela necesitará de sus mejores mentes. Debemos rescatar, remunerar dignamente y escuchar a nuestros científicos, ingenieros, economistas, sociólogos, politólogos, médicos y humanistas. La academia no es un lujo, sino es donde se forjan las soluciones. Hay que tener presente que un país que desprecia a sus intelectuales está condenado a repetir sus errores.
La Venezuela del futuro no se construirá solo con los profesionales de hoy, sino con los que estamos formando (o dejando de formar) ahora. Es una emergencia nacional. Desde la educación inicial, pasando por la primaria y secundaria, hasta la universitaria y técnica, se requiere una inversión monumental, una revisión profunda de los métodos pedagógicos, una actualización curricular acorde a los desafíos globales y, sobre todo, la revalorización social del docente. Necesitamos formar no solo buenos profesionales, sino ciudadanos críticos, éticos, innovadores y comprometidos con el bien común. La educación de calidad es el antídoto definitivo contra la pobreza, el autoritarismo y el subdesarrollo.
Reencontrarnos como familia nacional, hacer justicia para sanar las heridas, valorar el conocimiento como brújula y educar con excelencia como inversión suprema, es la hoja de ruta práctica para una Venezuela que, tras el dolor, decida levantarse unida, sabia y justa.
15-01-2026 (159-2026)
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