HOMILIA EN LA MISA CONMEMORATIVA DEL 204 ANIVERSARIO DEL ACTA DE LA JUNTA SUPERIOR GUBERNATIVA REFERENTE A LA AMPLIACION DE ESTUDIOS EN EL SEMINARIO DE SAN BUENAVENTURA, A CARGO DEL EXCMO. SR ARZOBISPO METROPOLITANO DE MERIDA, MONS. BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO. Catedral Basílica de Mérida, jueves 25 de septiembre de 2014.
Sr. Rector y demás miembros del Equipo Rectoral de la ULA
Profesores, estudiantes, empleados y obreros de nuestra máxima Casa de Estudios
Amigos todos
Nos reúne en esta acción gratulatoria al Altísimo, la necesidad de hacer memoria de una de las fechas que forman parte de la vida de nuestra Alma Mater merideña. Las instituciones humanas, al igual que la vida de las personas, se tejen en el tiempo configurando así su impronta. De allí la importancia de valorarlas en su justa medida.
Dar gracias, es una virtud profundamente humana y característica básica de todo creyente. Con el salmista hemos repetido hoy “enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos” (salmo 89). La fecha del 21 de septiembre de 1810 es un hito imperecedero en la impronta del gentilicio merideño. La búsqueda de la autonomía, tan añorada por los habitantes de estas montañas desde mucho tiempo atrás, llevó a los patricios merideños a conformar una Junta Gubernativa el 16 de septiembre, sin las interferencias de Maracaibo y Caracas. En un gesto indiscutiblemente audaz y hasta jurídicamente cuestionable, Mérida quiere ser dueña de su presente y su futuro, declarándose cabeza de provincia, y por tanto, con la capacidad de decidir el devenir de sus instituciones. Sin embargo, el cordón umbilical con la metrópoli queda intacto, pues todos los actos que realizó, los hizo a nombre y con la autoridad del rey depuesto, Fernando VII.
Uno de los mayores anhelos del colectivo emeritense era tener una universidad propia. Para ello se había ido preparando desde el siglo XVII cuando los hijos de San Ignacio abrieron el Colegio de la Compañía bajo el patrocinio de su primer santo Francisco Javier. La expulsión de los jesuitas en 1767 de los dominios de España había dejado un vacío que había que llenar. La creación del obispado de Mérida de Maracaibo y la llegada de su primer obispo, Fray Juan Ramos de Lora, facilitaron roturar los surcos de donde brotaría la ciencia y la fe. El 29 de marzo de 1785, la creación de la Casa de Estudios de San Buenaventura, fue el nacimiento de un árbol que pronto quería llegar a ser frondoso y dar fruto abundante aunque el camino a recorrer sería fragoso y lleno de espinas. Es la fecha fundacional indiscutible.
Una segunda fecha natalicia, fue el 1 de noviembre de 1790 cuando el anciano y moribundo fraile franciscano, consagró el edificio a la causa de los estudios e invistió la beca a los primeros colegiales. Quedaba, pues, asegurada la supervivencia del pequeño infante que corría presuroso a vestir el traje largo de los estudios superiores.
Lo anterior no tardó en llegar, porque el tiempo de los grandes sueños no se construye en un día, bajo el impulso del Deán Francisco Javier de Irastorza y del Obispo Santiago Hernández Milanés. Ante la Corte de Carlos IV solicitaron el título de universidad para Mérida, pero los intereses de Santafé y de Caracas, hicieron optar a la corona por una respuesta salomónica: para no herir susceptibilidades a las capitales del Virreinato y de la Capitanía General, se le otorgó al Colegio Seminario la facultad de conferir grados mayores y menores, pero sin aparecer el título de universidad. Es la tercera fecha natalicia, el 18 de junio de 1806, cuando por Real Cédula, el monarca reinante estampó su firma en documento capital para los intereses merideños. Tan es así, que las celebraciones a que dio lugar, no dejan duda que los lugareños lo entendieron como tal, aunque les quedaba el sinsabor de la falta de la palabra mágica: universidad.
Viene muy al caso, las reflexiones del escritor sapiencial, el autor del libro del Eclesiastés que escuchamos hace unos minutos: “Todo es difícil de entender: no deja el hombre de cavilar, no se cansan los ojos de ver ni los oídios de oír. No hay nada nuevo bajo el sol” (cap. 1). No hizo otra cosa la Junta Gubernativa, como reza el acta que: “considerando la Junta como una de sus primeras obligaciones atraer a la juventud y estimularla al estudio de las ciencias con los honores literarios”, amplió el favor hecho por Su Majestad de conferir grados, “concediendo la gracia de Universidad con el título de Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros, arreglándose por ahora a las Constituciones de Caracas”. Corría pues, la cuarta fecha natalicia de lo que hoy es la Universidad de los Andes. Por eso, el 21 de septiembre de 1810, debe ser recordado y valorado como un eslabón más en la añosa vida de nuestra Academia. Hasta aquí el legado colonial, que como las células madres es parte irrenunciable de la personalidad de nuestra institución.
¿Qué lecciones nos deja la historia primigenia de nuestra universidad? Es la pregunta obligada para no caer en anacronismos y poder dar respuesta al hoy del país. Ni antes ni ahora se logra progresar, alcanzar metas más sublimes sin una cuota de sacrificio, de trabajo mancomunado, de ilusiones sopesadas, de vocación de servicio y promoción integral de la persona humana. Los universitarios todos, los ulandinos, deben “hombres y mujeres con capacidad de infinito, con conciencia crítica, con hambre de justicia y fraternidad. Con deseos de saber para no ser manipulados, con gusto por la fiesta, la amistad y la belleza”. “Somos un pueblo herido y un pueblo de brazos abiertos, que marcha con esperanza, con aguante en las malas y a veces un poco rápido para gastar a cuenta en la buena. Somos un pueblo con vocación de grandeza” (Bergoglio, el verdadero poder es el servicio, p. 84 y 86).
Tenemos todos, universitarios y ciudadanos de esta ciudad serrana, el desafío de formar personas como ciudadanos solidarios, con sentido histórico y colectivo de comunidad, responsables, desde la raíz de nuestra identidad y autoconciencia del destino común de nuestro pueblo. Es lo que pienso, debemos pedir hoy en esta eucaristía. Para los cristianos la fe es fuerza de libertad, y para todo hombre de buena voluntad, honesto y trasparente, una exigencia del bien común. En ello nos acompañe la protección de María Santísima pidiéndole que como Trono de la Sabiduría nos haga gustar la justicia y la paz. Que así sea.


