Homilía del Cardenal Porras en la Sagrada Familia, Barcelona – 19 de mayo de 2026
Desde la cripta de Antoni Gaudí
“¿Por qué estoy aquí?”
Con esta pregunta, que es a la vez humana y teológica, se abre nuestro encuentro con el misterio de Dios en este lugar santo. Estoy aquí por invitación del padre Jordi, y vengo como peregrino de la fe, enviado a compartir con la comunidad venezolana y con la Iglesia universal que aquí se congrega.
Nos encontramos en la cripta de la Sagrada Familia, corazón originario de este templo, lugar de memoria, de fundamento y de confesión de fe. Aquí reposa el testimonio de Antoni Gaudí, arquitecto y creyente, cuya obra no puede comprenderse sin su profunda visión cristiana del mundo. Su arquitectura no es mera expresión estética: es una teología construida, una catequesis en piedra que eleva la inteligencia de la fe a través de la belleza.
Las columnas que nos rodean no son únicamente elementos estructurales; son signo de la creación ordenada, del misterio de Dios que sostiene todas las cosas en Cristo. En este sentido, el lenguaje arquitectónico de este templo se convierte en anuncio del Evangelio, donde la materia misma es asumida como mediación de la revelación.
En el horizonte de esta tradición, recordamos también la contribución de arquitectos que, en otros contextos históricos y culturales, han prolongado esta sensibilidad eclesial. Entre ellos, el arquitecto Manuel Mujica Millán, de origen vasco, cuya labor en Venezuela durante las décadas de 1930 a 1960 dejó una huella significativa en la restauración de la Catedral de Mérida. En su obra se percibe la continuidad de una convicción: que el arte sacro, cuando es auténtico, sirve a la fe del pueblo de Dios y a la edificación espiritual de las comunidades.
Este templo, en su dimensión simbólica y espiritual, se manifiesta como un verdadero oasis de trascendencia. En él se hace visible la vocación de la Iglesia a ser signo del Reino de Dios en medio del mundo, orientando a la humanidad hacia el bien común y recordando de manera especial a los pobres y a los más necesitados.
La Sagrada Escritura nos conduce siempre a Jerusalén, lugar teológico del cumplimiento del misterio pascual de Cristo: su pasión, muerte y resurrección. Este misterio no pertenece únicamente al pasado, sino que se actualiza sacramentalmente en la vida de la Iglesia y en la existencia de cada creyente. Todo cristiano es llamado a entrar en este dinamismo pascual, que implica atravesar la cruz para llegar a la vida nueva.
Por ello, el camino de la fe no evade las pruebas ni los contratiempos de la existencia humana, sino que los asume en Cristo. En medio de las dificultades, la Iglesia invoca la presencia del Espíritu Santo, don del Resucitado, que fortalece, consuela y santifica al Pueblo de Dios.
En la Eucaristía, culmen y fuente de la vida cristiana, ofrecemos al Padre nuestras intenciones personales y comunitarias. En el sacrificio eucarístico, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento de salvación que sostiene a la Iglesia en su misión evangelizadora.
Asimismo, el arte sacro, cuando es verdaderamente inspirado por la fe, se convierte en un medio privilegiado para contemplar la belleza de Dios, incluso en medio de las heridas de la historia, de las guerras y de la violencia. La belleza, en clave cristiana, no es evasión del dolor del mundo, sino anticipación de la gloria prometida.
Al término de la celebración, el cardenal recorrió el templo, contemplando su riqueza arquitectónica y su profunda unidad simbólica, testimonio de una fe que se expresa en la materia y en el tiempo.
Se expresa un agradecimiento especial a la comunidad venezolana presente, así como al equipo litúrgico y a los fieles provenientes de diversas naciones, signo concreto de la catolicidad de la Iglesia.
Que el Señor nos conceda perseverar en la fe, configurarnos con Cristo en su misterio pascual, y ser en el mundo auténticos discípulos y misioneros del Evangelio.
Que así sea. Amén.
Por P. Adolfo Sosa .
19-05-206




