Por: Angélica Villamizar…
Hoy quiero detener la mirada a la otra parte de la columna vertebral que, a menudo invisible, también sostiene el peso de la academia y evita que se desmorone, mis compañeros trabajadores administrativos y obreros de la Universidad de Los Andes, como un acto de reconocimiento, como un tributo necesario a quienes engrasan los engranajes de la vida universitaria.
Me refiero al personal de limpieza que, desde muy tempranito, barre el polvo de los pasillos, del vigilante que custodia los sueños de los estudiantes en la noche, del jardinero que embellece el paisaje, de la secretaria que ordena el caos burocrático y del trabajador de la biblioteca que guarda, el conocimiento entre sus manos. Sin ellos, no hay clase posible, y muy especialmente de mis compañeros investigadores.
Ser trabajador universitario en Venezuela es ejercer una forma de resistencia, es levantarse cada día con la convicción de que su labor trasciende su puesto, de que es parte de un proyecto civilizatorio. Durante años, hemos visto cómo la palabra «dignidad» se ha ido desdibujando de nuestros recibos de pago. El salario, otrora un símbolo de estabilidad y reconocimiento, se ha convertido en una ofensa, en una limosna que no alcanza ni para honrar el cansancio. Y es aquí donde duele más, en la contradicción de cuidar un patrimonio arquitectónico y académico mientras el patrimonio personal de quienes lo cuidan se derrumba.
La urgente necesidad de dignificar los salarios no es un capricho gremial, es una condición de supervivencia para la universidad misma. No se puede mantener viva la academia con trabajadores exhaustos por la angustia existencial de no poder proveer para sus hogares. La precarización laboral es el primer paso hacia el derrumbe institucional. Un trabajador que no puede llegar a fin de mes difícilmente puede concentrarse en la excelencia operativa que la ULA requiere.
Honrar a nuestros compañeros es, entonces, un verbo que debe conjugarse en acciones concretas. Es pelear por un salario justo que les devuelva la sonrisa y la tranquilidad. Es entender que cuando un administrativo resuelve un problema con una sonrisa, cuando un obrero arregla una filtración a tiempo, cuando un vigilante previene un siniestro, están haciendo universidad tanto como quien imparte una clase magistral.
Hoy, mientras las autoridades y el gobierno discuten números y presupuestos, quiero que quede constancia de que en cada rincón de esta casa de estudios hay un trabajador dando la batalla. No por un plus, sino por lo más sagrado, su dignidad y la de su familia.
Honrarlos no es un gesto de caridad. Es un acto de justicia. Es reconocer que sin ellos, la llama del conocimiento se apagaría entre el polvo y el olvido. A mis compañeros trabajadores de la Universidad de Los Andes, gracias por mantener la luz encendida. Nos debemos la lucha para que esa luz también ilumine sus vidas.
19-03-2026 (168-2026)
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