Hoy más que nunca, valoro a mi familia

La familia es una mezcla de voces, olores a comida los domingos, regaños que en el fondo sabes que son por cuidado, y abrazos que calan hasta el alma cuando más lo necesitas. Son los que han estado ahí desde el primer llanto, los que guardan tus fotos bochornosas de niño y los que, aunque a veces no entiendan tu música o tu ropa, se desviven por entenderte.

Son nuestro primer y más importante equipo. En ellos aprendemos lo que es la lealtad, el apoyo incondicional y el amor que no pide nada a cambio. En un mundo que a menudo nos juzga por nuestras notas, nuestro aspecto o nuestra manera de comportamos ante los demás, la familia es el único lugar donde podemos ser simplemente nosotros, con nuestros aciertos y nuestros tremendos errores, y saber que seguiremos siendo amados.

Pero esta realidad, que debería ser universal, tiene para nosotros un sabor agridulce. En Venezuela, la palabra «familia» viene acompañada de un nudo en la garganta y de una pantalla de un celular. La crisis nos enseñó una dura lección: a veces el amor más grande se demuestra con la despedida.

He visto a mis amigos despedirse de sus hermanos mayores, de sus tíos, de sus padres. He visto llorar a las abuelas cuando se conecta por video llamada con su hijo en otro país. He visto cómo en algunos hogares la mesa en Navidad tiene sillas vacías que duelen como un vacío en el pecho. La migración no es solo una noticia o una estadística; es el silencio en la habitación de al lado, es la foto que se actualiza en redes mostrando a un primo que ya no reconocemos del todo, es aprender a celebrar los cumpleaños y los logros a través de una conexión de internet que a veces falla.

Esta separación forzada ha dejado una tristeza profunda en el alma de las familias venezolanas. Es una herida que se reabre en cada fecha especial, en cada anécdota que no se puede compartir en persona, en cada abuelo que envejece sin la mano de su hijo para sostenerlo. Los que se fueron cargan con la culpa y la añoranza; los que nos quedamos, con la resistencia y un orgullo mezclado con una soledad inmensa.

Sin embargo, en medio de esta tristeza, también hemos descubierto una fuerza que no sabíamos que teníamos. Hemos aprendido que la familia trasciende la distancia. Que un «te amo» por WhatsApp vale tanto como un abrazo. Que nos hemos vuelto ingeniosos para crear nuevas tradiciones, para estar presentes aunque sea de forma virtual, para apoyarnos con más fuerza porque sabemos lo frágil que puede ser todo.

Por eso, hoy más que nunca, valoro a mi familia. Porque los tengo cerca, y doy gracias por tener ese privilegio. Porque al final, la familia no es solo un lugar al que perteneces, es la razón por la que, a pesar de todo, sigues luchando por ser mejor.

Un gran abrazo a mi familia.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 3er año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

09-11-2025 (129)