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viernes, mayo 8, 2026

Jueves Santo: In Cena Dominis

 Jueves Santo

Ante la memoria de este grupito que, como centenares de miles hacían esa noche, repite los actos y vuelve a los alimentos de aquella Pascua original que precedió la salida de Israel fuera de Egipto, deberíamos experimentar profundo estremecimiento. Los gestos de Jesús ante aquella mesa impresionan con su solemnidad; pero aquellas acciones y sus palabras estremecen el cosmos. Ni siquiera los milenios de ritual reiteración en la Eucaristía deberían habituarnos a ellas. “Hagan esto en memoria mía”. ¿Hagan qué? ¿A qué exactamente se refiere?

El Jueves Santo da inicio al  Triduo Pascual con aquel evento aparentemente protocolar, obligado para los judíos, aunque en la mesa de Jesús se multiplican hechos insólitos. Desde el modo en que el cenáculo fue conseguido y las palabras que va desgranando Jesús ya nos damos cuenta de que, entre las dos cenas pascuales que los discípulos han debido compartir con el Rabí, esta anuncia una significación diferente. Reunidos todos, Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto y se ciñe una toalla para, acto seguido, poner agua en la jofaina y abajarse y lavar los pies a sus amigos ¡Qué desconcertante inicio! El Evangelio de Juan pone en labios de Jesús una explicación: alegóricamente, él está indicando el clima de mutuo servicio que habrá de prevalecer entre ellos. Pero antes advierte “Jesús, sabiendo que el padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Él volvía,” dándonos a entender que el lavatorio de pies es consecuencia directa de esta pertenencia fundamental, pronta a culminar en su retorno al Padre. Prepara a sus discípulos, les otorga el sacerdocio para los momentos de futura consagración que viene, e incluye a Judas en la ablución.

Porque lo que en esa cena tiene lugar es el advenimiento sobre la tierra del mayor Sacramento jamás concebido: el Cristo se da a sus discípulos consagrados para ir, a través de ellos, al mundo y atraer el mundo a sí, como una crecida indetenible. Sigamos a Luigi Giussani en este razonamiento: «Cristo es, pues, el cumplimiento de la promesa, y esto significa que Cristo es todo, y […] no es una opción nuestra sino la constatación de una realidad: “yo soy la piedra angular” […] Entonces, si la historia no es más que el desarrollo misterioso de su presencia hacia el triunfo final, la sensación que debemos tener del tiempo humano es estar aferrados por este hecho que, como torrente impetuoso, nos está arrastrando y llevando hacia esa meta, es estar inmersos como nunca en algo que ya ha sucedido, es vivir el tiempo [inclusive la conciencia de futuro] como memoria.» Quedamos inmersos, con el cosmos y la historia, en este sentido de integridad en movimiento. Jesucristo, al consagrar el pan y el vino, introduce un signo inequívoco de su presencia, es decir, de la presencia de esta totalidad del espacio y del tiempo, en ese gesto. Y el cosmos todo converge en alabanza y gratitud, pues en ese pequeño gesto, ese breve acto de Jesús a la mesa, se hace patente el sentido del universo, al igual que el de nuestra vida.

Los astrónomos hablan de Agujeros Negros, concentraciones espaciales de masa que atraen todo de manera que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ellas a distancias enormes. En la Misa in cena Dominis de hoy recuerdo especialmente un especial amigo, Abad de un monasterio estadounidense muy ligado a nosotros, que pierde el equilibrio cuando consagra como sacerdote. “Si miras con cuidado verás que me tengo que apoyar en el altar, para no caer”, me dijo. Y no faltan razones; la consagración del pan y del vino instituida por Jesús aquella noche fue y sigue siendo, permítasenos la analogía, un “Agujero de Luz”, una concentración de energía divina tal que de manera totalmente afirmativa atrae todo a sí misma, salvando todo, dándole sentido al todo. Algo felizmente abrumador.

Que este Jueves Santo nos acerque a esa conciencia.

Por: Bernardo Monacada Cardenas

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