In memoriam: Fabito Grisolía Guillén

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

Prefiero llamarlo Fabito para distinguirlo de su papá, Don Fabio, a quien también conocí desde mi llegada a Mérida, entablando una amistad que se acrecentó por la afición taurina, y por la feliz coincidencia de que el ganado bravo que importó de España, pertenecía a la ganadería de Don Dionisio Rodríguez, en las inmediaciones de Villavieja de Yeltes, provincia de Salamanca. Como mi antiguo rector del Colegio Mayor salmantino era oriundo de dicho pueblo, conocía de vista y trato a Don Dionisio y a sus hijos, y me contaron las peripecias de aquella transacción que dio tanto lustre a los Grisolía en los cosos venezolanos. Encaste de primera, sangre de Santa Coloma y Parladé, que a la incipiente cría merideña con ganado colombiano ofrecieron tantas tardes memorables de buen paseíllo y mejor toreo.

Recuerdo con cariño las tertulias, aderezadas con anécdotas en las que el toro de lidia ocupaba sitio de honor, en la hacienda de Arapuey y las tientas en El Morichal. Al igual, el disfrute de las ferias del Sol, más de una vez en compañía de las autoridades universitarias, la mayor parte de ellos grandes aficionados taurinos. Fabito se acercaba a saludarnos, orgulloso de ver la plaza llena con faenas bordadas con la sapiencia de toreros españoles y del patio. La familia Grisolía tiene para la posteridad puesto de honor en la historia de las ferias taurinas del occidente venezolano. Muchos otros detalles de su aporte a la fiesta han sido reseñados y quedan en los libros que año tras año dejan constancia de la Feria del Sol.

Merideño, curtido en las labores del campo junto a su padre y hermanos, el ganado fue su pasión, encontrando su cúspide en la cría de los morlacos de casta, que generan una cultura y un mimo que penetra los poros de quienes se identifican de tal manera con estos animales, los únicos, quizás, que reciben un acompañamiento delicado y permanente, mayor que el cuidado que tienen los padres por sus hijos.

Las circunstancias de la convulsionada Venezuela lo fue marginando de su presencia pública. En ese ostracismo se fue opacando el hierro de casta, permaneciendo el gusanillo de su sentido emprendedor y empresarial, sin perder el garbo y el arte como cualquier gran torero. La fiesta acentúa lo espiritual y humano, alforja que enaltece las virtudes más íntimas. Con García Lorca acompañamos su cuerpo inerte: “Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas,para llevar el cuerpo de Fabito y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros”.

Confinado por la agresión neurodegenerativa, vivió sus últimos meses bajo el cuidado de sus seres queridos. El domingo 19 de abril, día de luces para la patria, se le abrieron con compases y timbales las puertas de la eternidad, para el paseíllo final ante el buen Jesús y la Virgen del Rocío. Descanse en paz.

26.- 23-4-2020 (2911)