In memoriam: Nancy Freites de Sardi

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
 
En medio de la pandemia pero ajeno al virus, abril se ha llevado a varias personas, queridas y admiradas por la comunidad merideña. El rostro bello y amable, que rebosaba de alegría y bondad de la Dra. Nancy de Sardi, se apagó, después de larga lucha contra la enfermedad que fue mermando sus fuerzas pero no doblegó su espíritu. Me causó admiración y respeto verla en sus últimos años asistiendo a diversos actos, sin sentir ningún rubor por la belleza que se iba desdibujando de su rostro. Refulgía más su alma interior, como la canta el poeta: “La belleza de una mujer, no está en su físico, o en sus ropas, ni en su peinado la belleza de una mujer, está en su interior, en su mirada que debe brotar de sus ojos, sentimiento, ternura, pasión…” (M. Granados). O como lo musita el poeta bíblico: “mujer ejemplar no es fácil hallarla; ¡vale más que las piedras preciosas!… siempre le tiende la mano a los pobres y necesitados” (Prov. 31, 10 y 20).
 
En el día de la tierra, 22 de abril, evocando la máxima de que polvo somos y en polvo nos convertiremos, partió a la eternidad la Dra. Nancy. Pasión por su familia, esposo e hijas; dedicación plena a su vocación de médico, del cuerpo, del alma y del hábitat que lo rodea. Se prodigó en el consultorio, en la cátedra, en la Academia, y en el ir más allá, a través de los medios en su programa radial. Entrevistaba con parsimonia y dulzura. La que dio con creces a través de su vida. Mujer de fe profunda, de alma de poeta, con ese toque femenino que mostraba la trascendencia de la imagen y semejanza de Dios que traía de su tierra larense.
 
Junto a Galeno, su yunta de amor e inspiración perenne de su actuar, levantó un hogar que se prolonga en sus hijas y nietos. Se siente el vacío de alguien con quien pudimos compartir inquietudes y deseos de servir a la comunidad. Se ganó la amistad y admiración de quienes la conocieron y trataron. La huella de sus virtudes queda impresa en gente agradecida de lo que de ella recibió.
 
Mérida pierde a una gran mujer como lo han expresado las lágrimas escritas en estos días. Elevo una plegaria por su eterno descanso, dando gracias a Dios por la sombra fecunda que, como en el crepúsculo, se extiende hasta el infinito. La Iglesia arquidiocesana de Mérida se une a su familia y amigos en oración ferviente. 
Descanse en paz.