In memoriam: Pbro. Jaime Duque Duque

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

Desde Medellín, a pocas horas de fallecer el Pbro. Jaime Duque Duque de quien guardo un recuerdo especial porque lo acompañé durante muchos años en sus primeras andaduras sacerdotales en la arquidiócesis de Mérida. Gracias a uno de sus sobrinos, me llamó a las pocas horas de su fallecimiento. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por los efectos de varios ictus cerebrales que lo inutilizaron para la vida ordinaria y por supuesto para el ejercicio ministerial. Agradezco en este “in memoriam” el ejemplo que nos dejan quienes lo trataron y quisieron. El cuidado y apoyo en su enfermedad, por parte de la comunidad de La Playa de Bailadores, el interés de sus familiares que se hicieron presentes sin exigir nada, con gran generosidad me solicitaron trasladarlo a Medellín cerca de sus seres queridos y con la fraterna acogida del señor arzobispo de Medellín quien lo recibió en la casa sacerdotal existente en Antioquia donde no le faltó el cariño y la atención a este sencillo sacerdote, misionero fuera de su tierra natal. Mejor testimonio de fraternidad y solidaridad debe servirnos para seguir sus huellas.

Jaime de Jesús Duque Duque nació el 27 de mayo de 1942 en la aldea Esperanza de la ciudad de Marinilla, Antioquia, Colombia. Era el octavo de catorce hermanos, nacido de la unión matrimonial entre Miguel Antonio Duque y Ana Julia Duque. Apenas a los dos días de nacido recibió el sacramento del bautismo en la Parroquia Nuestra Señora de La Asunción de su pueblo. En dos ocasiones estuve en su casa, conocí a su mamá y numerosos hermanos recibiendo la generosa acogida de una familia profundamente cristiana en la que ha brillado la preocupación de los unos para con los otros.

Cursó sus estudios de educación primaria hasta el segundo grado en su aldea natal, continuándolos posteriormente en la ciudad de Marinilla. Recibió su primera catequesis de manos de su propia madre; realizó la Primera Comunión a los siete años de edad en la misma parroquia de su bautizo y, solo ocho días después, fue fortalecido con el sacramento de la Confirmación. Cursó el bachillerato de igual manera en Marinilla, donde con el paso del tiempo se desempeñó activamente como catequista y misionero al lado del párroco local y un grupo de jóvenes en actividades de promoción de hogares.

Su inquietud vocacional lo llevó a ingresar al Semnario Cristo Sacerdote de La Ceja, Antioquia, ciudad con aspecto medieval por la proliferación de casas religiosas. Parece un pueblo en el que se me antoja fuera un gran monasterio donde tienen cabida todos los carismas. En una oportunidad en compañía del Padre Jaime visitamos su seminario y conversamos con alguno de los que fueron sus formadores.

Cursó en dicho seminario la filosofía y un trienio de teología. Al concluir decidió tomarse un tiempo de reflexión para discernir mejor su vocación sacerdotal. Regresó a Marinilla y ejerció docencia en el Instituto Técnico Industrial y a la par se inscribió en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medelín donde obtuvo la lienciatura en educación. Invitado por un amigo sacerdote colombiano que trabajaba en Socopó, Barinas, donde monjas de su país gestionaban con éxito colegio que conjugaban con la ayuda pastoral en esta pujante localidad y en sus aldeas cercanas.

 Viajó a Mérida invitado por el Pbro. Gabriel Gómez, a la sazón párroco de Pueblo Llano donde atendía también a los pueblos vecinos Las Piedras y Santo Domngo. Con la autorización de Mons. Salas colaboró en el trabajo pastoral, culminó su preparación al sacerdocio bajo los padres eudistas que regentaban el Seminario Regional de la Costa en la bella ciudad de Barranquilla. Recibió los ministerios y el diaconado. Incardinado en la arquidiócesis merideña y por delegación del arzobispo le conferí el orden sacerdotal apenas cumplido mi primer año de obispo auxiliar, el 7 de octubre de 1984, siendo pues la primicia de mi ministerio episcopal, razón que me hizo sentir como obligación acompañarlo en sus primeros pininos como párroco en la entonces extensa arquidiócesis merideña que contaba con buena parte del sur del Lago de Maracaibo.

La preocupación de Mons. Salas por una mejor atención de las parroquias surlaguenses, le confió como párroco la población de San Isidro Labrador de Arapuey, cuya iglesia y casa parroquial estaban en deplorables condiciones. Le di posesión y me edificó el entusiasmo con la que aceptó aquel nombramiento pues había mucho que hacer en lo material y espiritual. A la vez, atendió como administrador parroquial la población de Palmira en las tierras limítrofes con el estado Trujillo a la que se accedía por una vía de tierra a la que había que llegar en vehículo rústico. Palmira era la feligresía con mayor número de evngélicos pues el abandono hizo que se instalaran allí varios grupos cristianos que hacían más compleja la acción evangelizadora por las condiciones únicas en las montañas andinas. Cinco años estuvo el P. Jaime ganándose el aprecio de los fieles de este caluroso enclave.

Del extremo noroeste de la arquidiócesis pasó al otro extremo en el suroeste, límítrofe con los estados Barinas y Táchira en la parroquia de Santa María de Caparo, pequeña población cuya vida en buena parte dependía en aquellos años de la construcción de la represa Uribante-Caparo y de la relación con las poblaciones vecinas, mezcla de gente de la montaña y del llano. Allí estuvo durante siete años. Las mejoras de la iglesia y casa parroquial fueron parte de sus desvelos en los que gozó del aprecio de la feligresía. Cuando lo trasladé a Santo Domingo y Las Piedras donde estuvo tres años, la gente lo que me pidió es que no los dejara huérfanos y que el sucesor fuera digno sacerdote como él. Volvía pues a tierra conocida y de clima suave.

El crecimiento poblacional de la población de Ejido exigía la creación de nuevas parroquias. El Espíritu Santo fue una de ellas, que no gozaba de la infraestructura necesaria para atender a tanta población. Allí estuvo siete años. De allí, un año en la parroquia San Isidro Labrador del Valle de Mérida, para pasar a su último encargo pastoral en la parroquia San Vicente Ferrer de La Playa, pequeña en extensión territorial pero exigente con los grupos apostólicos y las tradiciones religiosas de las cofradías. Su dedicación a la gente fue una de las virtudes sobresalientes del Padre Jaime pues estaba siempre dispuesto a atender a quien se acercaba a la casa parroquial. Fue allí donde de manera inesperada sufrió problemas cerebrales que lo imposibilitaron poco a poco para continuar al frente de la parroquia.

Como reseñé al inicio, en el silencio, la oración y el cuidado transcurrió la última década de su existencia. 86 años, 41 de sacerdocio al servicio en la metropolitana de Mérida, donde fue bien acogido en el presbiterio y por la feligresía. No nos queda sino dar gracias por tantos sacerdotes misioneros de diversas nacionalidades que hicieron de los Andes su querencia y escenario de sus afanes sacerdotales. Descanse en paz, querido Padre Jaime y con tu bonhomía intercede ante el buen Padre Dios y ante la Virgen del Carmen que te recibe en vísperas de su fiesta, por tu tierra natal y por la tierra merideña que adoptaste para anunciar el reino.

39-26 (7260) 14-7-26