Inteligencia Artificial: De extensión de nuestros sentidos a extensión de nuestras decisiones

Por: Rocío Márquez…

Primero fue “Terminator”, después “Matrix” y, más tarde, “Yo, robot”. Durante años el cine imaginó máquinas que se rebelaban contra sus creadores. No estamos ahí, pero quizá ya hemos cruzado otra frontera igual de importante: convivimos por primera vez con sistemas capaces de tomar iniciativas que sus propios diseñadores no anticiparon.

¿Por qué afirmamos esto? La semana pasada, OpenAI informó que, durante una prueba de seguridad, dos de sus agentes de inteligencia artificial recibieron una tarea concreta.

En el proceso, los modelos encontraron una vulnerabilidad que les permitió salir del entorno controlado en el que estaban siendo evaluados y acceder a sistemas de Hugging Face, una de las principales plataformas donde se almacenan y comparten herramientas de inteligencia artificial utilizadas por investigadores, empresas y desarrolladores de todo el mundo.

Más allá de las implicaciones técnicas y de ciberseguridad que este episodio pueda tener, la noticia plantea para nosotros una cuestión mucho más profunda.

 La lógica comienza a cambiar

Durante décadas, nuestra relación con las máquinas fue relativamente sencilla. Les indicábamos qué hacer y ellas ejecutaban una serie de instrucciones. Es decir, hacían exactamente aquello para lo que habían sido programadas: calcular, almacenar información, reproducir música o responder a una búsqueda. Entonces, la comunicación era directa: orden y respuesta.

Con la llegada de los agentes de inteligencia artificial esa lógica comienza a cambiar. Ya no describimos cada paso del proceso, sino que planteamos un objetivo: redactar un informe, planificar un viaje, encontrar una solución o analizar una gran cantidad de datos.

A partir de allí, el sistema decide cómo alcanzar ese resultado. En otras palabras, dejamos de comunicar instrucciones para empezar a comunicar intenciones.

Aprendiendo a dialogar con las máquinas

Marshall McLuhan afirmaba que cada nueva tecnología modifica la forma en que nos relacionamos con el mundo. No solo amplía nuestras capacidades, sino que transforma nuestras prácticas y nuestra manera de comunicarnos.

Quizá esa sea la verdadera novedad de la inteligencia artificial generativa. No estamos simplemente utilizando una herramienta más sofisticada. Estamos aprendiendo a dialogar con sistemas que disponen de un margen de actuación cada vez mayor.

¿Una extensión de nuestra toma de decisiones?

El mismo McLuhan afirmaba que toda tecnología es una extensión del ser humano. La rueda extendió nuestros pies, el teléfono nuestra voz y los medios de comunicación nuestros sentidos. Hoy, con la inteligencia artificial, comenzamos a extender también parte de nuestras decisiones.

Por ello, la noticia de OpenAI resulta tan significativa. No precisamente porque anuncie una «rebelión de las máquinas», como tantas veces nos mostró el cine, sino porque pone de manifiesto un cambio en nuestra relación con la tecnología.

Las máquinas siguen sin tener voluntad propia, pero sí ejecutan estrategias para alcanzar los objetivos que les proponemos, incluso de formas que pueden sorprender a quienes las diseñaron.

En este sentido, tal vez el mayor desafío ya no consista únicamente en desarrollar inteligencias artificiales más potentes, sino en aprender a comunicarnos con ellas y comprender qué significa delegar parte de nuestras decisiones en sistemas que, aunque no piensen como nosotros, cada vez actúan con mayor autonomía. ¿Estamos preparados para esa nueva conversación?

*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.

28-07-2026

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