Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Desde la pasada semana, los conductores de Mérida son testigos de insólito procedimiento: estudiantes y profesores universitarios, y uno que otro padre de los muchachos, piden en los semáforos limosna. Un «potazo», para aportar a los ya tradicionales intensivos, cursos de verano que permiten adelantar o recuperar asignaturas en la universidad.
En la precariedad monetaria que asola nuestros bolsillos, así como las arcas de las universidades, se ha hecho costumbre este modo de recolección para las causas más variadas. Lo novedoso es que esta institución, normalmente benefactora y movilizadora de la actividad económica emeritense, se vea obligada a recurrir al potazo para cumplir su función.
Todos sabemos que las universidades perdieron su autonomía financiera desde la reforma de Rafael Caldera; lejanos los tiempos cuando el emprendedor Perucho, mítico rector, acudía directamente a la banca para proveer a los programas de su amada ULA mientras el Parlamento Nacional tardaba en asignar recursos. Y sabemos que el «Proceso», como le dicen los gobernantes mismos, no se muestra amigo de la universidad autónoma. Los cursos intensivos son cada vez menos atendidos financieramente, se han vuelto onerosos, y este año de hecho todavía el lunes no había llegado un solo Bolívar para ellos. Por esto, con la frente en alto como aristócratas venidos a menos, los ulandinos han salido a dar el triste espectáculo de solicitar de la ciudadanía el apoyo para cumplir con el estudiantado.
Lo hacen con la frente en alto y la dignidad por delante, pues piden para el futuro de Mérida y de Venezuela, y saben que es a un régimen maula y anti-universitario a quien cabría en todo caso la vergüenza y la indignidad.

