(Mateo 15, 21-28)
Ante el grito de la mujer cananea —notémoslo reflejado en el texto sagrado de este XX domingo del Tiempo Ordinario—, esa fue la actitud de Jesús: sin contestar una sola palabra.
Jesús no está oyendo el escandalo de esta mujer; tampoco su silencio lo demuestra como el de alguno al cual le falta inteligencia: Él está oyendo a alguien, del cual no quiere que se quede en el lamento del sufrimiento de su ser más amado —su hija—, al contrario que vea sinceramente la obra de Dios y entienda fielmente lo que ÉL está preparando. En efecto, rotula el profeta Isaías en la primera lectura: “mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse” (56, 1.6-7).
En un segundo momento los apóstoles lo apuran casi diciéndole: Haz algo rápido. En realidad, Él les clarifica y nos clarifica que no podemos arrastrarlo al milagro con la cuerda de las arrebatadas precipitaciones; sería decirle: vamos, muévase; que tu hagas sus cosas y que las veamos (cf. Is 5, 19). Es improcedente, en consecuencia, transformar las tinieblas en luz y la luz en tinieblas; y si esto ocurre tengamos el valor de exclamar: «vuelve, Señor, tus ojos a nosotros» (Salmo 66, recitado en la Eucaristía).
En un tercer momento, ante la réplica del Maestro a los discípulos de no haber sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel, asistimos a este ruego por parte de la mujer sirofenicia: «¡Señor, ayúdame!». Es un ruego con una intensidad de súplica muy similar al de Simón Pedro («¡Sálvame, Señor!»), al del deudor de muchos millones («Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo») y al del deudor de poco dinero. Todos ellos, incluso el del deudor despiadado, nos recalcan que, ante la presencia silenciosa del Señor, de quien somos, no hemos de debilitarnos o cansarnos, ni quedarnos dormidos ni ponernos a cabecear. Ya que, como la petición de esta mujer, nuestras súplicas las llevamos a Cristo y así estamos absolutamente seguros de que a Él nadie se las cambia o se las quita.
Cristo ofrece la luz que no desaparece ante las adversidades; nuestras personas están mejor cuidadas en sus manos y nos presta y provee atención continua, inclusive cuando preguntamos: «¿Hasta cuándo, Señor, hemos de esperar?». Sin duda, tales ocasiones más bien nos impulsan a manifestar una fe sencilla, sin adornos ni condescendencias; una fe en donde no hay más que la presencia de la divinidad; por ende: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».
Jesús conduce a esta madre, cuya hija estaba terriblemente atormentada por un demonio, a un encuentro íntimo y auténtico con su bondadoso poder. Cierto, aunque es un encuentro misterioso e indecible, en el cual incluso Dios respeta la libertad de quienes rechazan la verdad como su sabiduría, también Él sale a nuestro encuentro, nos tranquiliza y, por supuesto, nos solicita que nuestro corazón no nos falle cuando, al creer sentidamente en Él, los males no permanecerán ni en nosotros ni en nuestro prójimo; «porque Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección» (Segunda lectura, Rm 11, 13-15.29-32). Así, comprendemos que el silencio divino es una pedagogía que purifica el alma, pues, tal como narra el Evangelio en este episodio, ante la persistencia de la mujer, se cumple el misterio de que Jesús no le contestó una sola palabra.
16-08-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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