(Mateo 2, 13-15.19-23)
La frase menciona a Egipto: lugar de opresión y también de protección.
En parte coincide con la misión de José: Proteger al niño y a su madre.
En esto decimos con brío: Celebramos en este domingo 28 de diciembre la familia de Nazaret, y con ella festejamos el regocijo de nuestras familias.
Al leer la primera lectura —escrita por el sabio judío Ben Sirá alrededor del 180 a.C.— recordamos este mandamiento del Decálogo: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx 20, 12; Dt 5, 16).
Es ingrata esta excusa: Es un mandamiento complejo, por lo tanto, desconocido.
Examinémonos desde el mismo y, con su perspectiva sagrada, evitemos alejarnos demasiado a problemas relacionados con síntesis históricas de algunos personajes.
Mejor, situémonos en “nuestro hoy”, y apreciemos cómo cuidamos de quienes, como José en relación a María y el niño, nos han cuidado.
No es difícil determinar el significado de este cuidado en la intimidad de nuestro hogar.
En esta intimidad hemos sido testigos del respeto y apertura de la esposa al esposo, “como conviene al Señor”; del amor sin dureza por parte del esposo; de la obediencia a los padres por parte de los hijos; y de la educación sin provocar resentimientos por parte de los padres (2ª lectura).
Estas pinceladas paulinas subrayan el precioso modelo de la familia de Nazaret. La vida doméstica, José y María la construyen en dependencia de Dios.
En las dificultades ellos no se abandonaron a su propia suerte, preocupados sólo de sí mismos y de su espacio vital; esto no hubiese hecho otra cosa sino evidenciar cuan débil era, en el fondo, su unión cuando debía acreditarse ante el Todopoderoso y desde ÉL ante los otros.
De hecho, los párrafos del Sirácide refuerzan la identidad religiosa israelita frente a la cultura helénica, acentuando el valor de la familia como núcleo de fidelidad a Dios.
Esta fidelidad, tan amenazada por tantos factores, en variadas ocasiones no goza de especial simpatía. En efecto, si tratamos de darle exclusivamente una explicación racional, de determinarle su antigüedad, podríamos concluir admitiendo que no es más que una adición secundaria a nuestras relaciones familiares y comunitarias.
Sin embargo, volvamos la vista a la 1ª lectura y recalcará “la obediencia filial”, recompensada con larga vida, alegría y oración escuchada; que, según la óptica del salmista, la vida humana, el trabajo, la seguridad, dependen de la bendición divina.
Sin duda, los dechados más cercanos y óptimos a la “obediencia filial” son José y María.
La forma y contenido de su obediencia no ha cambiado para nosotros; ni siquiera por la influencia de los medios digitales.
Por supuesto, que ellos no continúen colocando a las familias ante esta alternativa: custodiar su integridad, —como José y María—, o, cederla a relaciones automáticas, vacías de humanidad.
Al respecto, leamos con atención estas frases compuestas del Salmo, “su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa; sus hijos como renuevos de olivo, alrededor de su mesa”, y tornemos al cuidado de nuestra peculiar “comunidad doméstica” (León XIII, Rerum Novarum, n. 10), o, “iglesia doméstica” (Lumen Gentium, n. 11).
Notemos, en consecuencia, que José regresa de Egipto, deja Israel, Judea y va a Galilea, específicamente al caserío de Nazaret, lo cual esclarece estas derivaciones:
- a) La humildad del Mesías, Niño Dios, recalca que la salvación no procede de los centros de poder, sino de lo pequeño, despreciado, Galilea, Nazaret, pues para la elección divina se convierte en lugar de revelación; y,
- b) María, madre de familia, esposa de José, representa a la Iglesia, que acompaña a Cristo en su misión desde la fragilidad y la obediencia.
En fin, Cristo, aunque perseguido, en nuestra familia se siente protegido; humilde, pero mediador de liberación.
28-12-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



