(Juan 13, 1-15)
Esta descripción enriquece una de las tantas acciones cumplidas por Jesús en el transcurso de la Última Cena. Ésta perfeccionó la figura del antiguo sacrificio (cf. 1ª lectura). En efecto, en el pasaje del Éxodo repasamos el vocablo hebreo Zikkārôn (v.14), el cual nos introduce, no a un simple recordar eventos pasados, sino a hacer presente el evento de la salvación cada vez que compartimos el banquete pascual.
En la celebración de la Última Cena, Cristo es el Cordero; de hecho, Juan Bautista lo llamó “Cordero de Dios”. Él encarna exactamente el adjetivo hebreo tamín (v.5), “sin defecto”, sin pecado, y sus huesos no son quebrados (cf. Jn 19, 36). Así, la Eucaristía es el Nuevo Memorial, porque, de un lado el Cristo-Cordero es “sin defecto”, y, de otro lado, los “panes ácimos”, sin levadura, que simbolizan la pureza, se convierten en su cuerpo.
En la Eucaristía reconocemos que los beneficios de Cristo a la humanidad son incalculables; consiguientemente, meditemos en profundidad el sentido de esta pregunta retórica hecha por el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? (v.12).
El sacrificio eucarístico, es improcedente al modo de una transacción comercial; es más bien una comunión que sigue la cadencia de una gratitud festiva.
Cristo, en tal sacrificio, nos libera de las cadenas para servir en libertad: “Y se puso a lavarle los pies a los discípulos”.
En tal sentido, mucho valor tiene lo indicado por Pablo en la 2ª lectura, —el relato más antiguo, incluso antes que los evangelios sinópticos, de la Institución de la Eucaristía (54 d.C.)—, porque asegura no estar ideando un rito, sino comunicando una “Mishná”, una enseñanza oral, perdurable, que procede directamente del Señor.
Por nuestra fe, por el fervor de nuestro amor vivo eucarístico, hacemos presente una realidad pasada para que sus efectos actúen hoy.
Refresquemos que, cuando Pablo traza los renglones de la 2ª lectura, lo hace pensando en una comunidad de Corinto en cuyos banquetes eucarísticos, —la eucaristía se celebraba en el ambiente de una cena real—, los ricos comían mucho y los pobres pasaban hambre. Por eso, Pablo evoca el origen del rito para enmendar esa escasez de caridad.
Por ejemplo, el Lavatorio de los pies en el Oriente aparecía como una norma de hospitalidad, ya que, los caminos eran polvorientos y las personas usaban como calzado, las sandalias.
Es más, tal labor era muy humillante y, consecuentemente, estaba reservada a los esclavos no hebreos; además, en la mesa de la cena, en los banquetes, se seguía un orden según la jerarquía de los comensales. El kyriós, el Señor Jesús, rompió con tal esquema y, entendamos bien, se puso al nivel del suelo (los pies), dejando en los asistentes un choque cultural rotundo; véase al respecto la resistencia de Pedro.
De este modo, el versículo-título, “y se puso a lavarle los pies a los discípulos”, nos recalca la actitud de Simón; porque en el contexto de la civilización clásica imperial (siglo I), el “honor” instituía el valor supremo; por eso, cuando el Apóstol acentúa, “no me lavarás los pies jamás” (v.8), lo hace movido por la defensa del honor de su Rabí, pues, el hecho de ponerse a los pies erige una humillación que echa abajo la dignidad del Mesías.
Ciertamente, vuelvo a repetir subrayadamente la locución joánica, “y se puso a lavarle los pies a los discípulos”, con el objeto de esclarecer que, por una parte, Jesús rediseña el “honor”; pues, de acuerdo a la idiosincrasia del Imperio Romano, el honor se conquistaba siendo servido; mientras que, por otra parte, en la cultura del Reino, el honor se alcanza sirviendo.
En conclusión, de las lecturas, de la liturgia del Jueves Santo, la Iglesia, “madre y maestra”, ha derivado tres pilares fundamentales:
- La Institución de la Eucaristía: Aunque Jesús celebró el Séder, cena pascual judía, la transforma, porque, ya no se ofrece la sangre de un animal para conmemorar la salida de Egipto (cf. Ex 12), sino que Él mismo se presenta como el Cordero (cf. 1 Cor 11, 23-26);
- La Institución del Sacerdocio: El sacerdote debe ser alter Christus (otro Cristo) que se postra ante las llagas y la inmundicia de la humanidad; y,
- El Mandatum, el mandamiento; nuestra Iglesia Católica es una estructura de servicio, no de dominio.
02-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




