Por: Angélica Villamizar…
Venezuela atraviesa una de las crisis multidimensionales más complejas de su historia contemporánea. La confluencia de una severa contracción económica, una hiperinflación recurrentemente latente y una fractura del tejido social e institucional, ha creado un ecosistema donde las oportunidades convencionales, especialmente para los jóvenes, se han evaporado.
En este contexto, la aspiración de cursar estudios superiores se hace cuesta arriba por la imposibilidad de costearlos. Frente a esta realidad, no queda espacio para la pasividad. La juventud venezolana está respondiendo con una oleada de emprendimientos que no son solo un síntoma de resiliencia, sino una estrategia de supervivencia y una lección de pragmatismo para la sociedad en su conjunto. Nuestra obligación, como ciudadanos, es no solo observar, sino apoyar y tejer activamente redes de solidaridad a su alrededor.
El modelo clásico en el que un joven se dedicaba exclusivamente a estudiar, apoyado por el ingreso familiar o un trabajo a medio tiempo que cubriera sus gastos, se ha quebrado en Venezuela. La depreciación acelerada del salario, la escasez de empleos formales y bien remunerados, y el costo exorbitante de insumos académicos, han hecho de la educación superior un lujo inalcanzable para la mayoría. Este no es un problema individual; es una falla estructural que compromete el capital humano y el futuro productivo del país. La fuga de talentos («éxodo juvenil») es la consecuencia más dramática, pero aquellos que deciden quedarse se enfrentan a una disyuntiva cruel: abandonar sus estudios o ingeniárselas para generarse sus propios medios.
Ante este panorama desolador, los jóvenes no han claudicado, sino por el contrario, han transformado su ingenio, habilidades digitales y conocimientos en microempresas y servicios. Desde la confección de ropa, la venta de comida y repostería, pasando por la tutorías académicas, el diseño gráfico, la community management, y artesanías, hasta el desarrollo de software y el comercio electrónico, una nueva economía informal y digital florece desde las bases.
Este fenómeno no debe ser romantizado; es una respuesta forzada a una situación extrema. Sin embargo, posee un valor político y social incalculable. En primer lugar, fomenta la autonomía y la cultura del esfuerzo, enseñando a una generación a valerse por sí misma en un mercado hostil. En segundo lugar, actúa como un dique de contención frente a la deserción universitaria, permitiendo que miles de jóvenes financien, libro a libro y transporte a transporte, su derecho a la educación. Finalmente, está dinamizando, de manera orgánica y descentralizada, sectores de la economía local, demostrando que la iniciativa individual puede subsanar, en parte, las fallas del Estado.
Aquí es donde la sociedad venezolana debe asumir su rol. El éxito de estos emprendimientos juveniles no puede depender únicamente del mérito y la tenacidad de sus creadores. Requiere de un ecosistema de apoyo consciente y activo. La solidaridad debe dejar de ser un sentimiento y convertirse en una práctica económica cotidiana. con simples gestos, como el consumo consciente, es decir, priorizando, como ciudadanos, comprar en estas microempresas juveniles. Elegir comprar la camisa a una estudiante de derecho sobre la de una cadena comercial, contratar al estudiante de comunicación social para que maneje las redes de nuestro negocio, o comprar los apuntes digitales a un alumno destacado. Cada bolívar invertido en ellos es una inversión directa en educación y en el futuro del país.
La juventud venezolana está escribiendo, con esfuerzo y creatividad, un capítulo esperanzador en medio del colapso. Su impulso emprendedor es más que una forma de costear estudios; es un acto de resistencia civil pacífica y una apuesta por la reconstrucción desde los cimientos. Como sociedad, no podemos permitir que luchen solos. Apoyarlos no es caridad, es una estrategia colectiva de supervivencia y una inversión en el mañana.
Al entrelazar redes de solidaridad a su alrededor, no solo estamos ayudando a un estudiante a comprar unos libros, estamos fortaleciendo el frágil tejido social y sentando las bases para una Venezuela que, aunque hoy parece lejana, se construye con cada transacción solidaria, cada mentoría y cada grano de arena que aportemos. El futuro no solo se estudia en las aulas; se forja, hoy, en cada emprendimiento juvenil que logra sostenerse gracias a una comunidad que decide creer en él.
20-11-2025 (154-2025)
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