Por: Angélica Villamizar…
Cuando se celebran elecciones con regularidad como lo disponen la Constitución y las leyes, se cumple con el pilar de una democracia sana, como lo es la alternancia de poder. Pero la democracia no se agota en el acto de votar, su verdadera virtud se revela cuando quien ostenta el poder debe abandonarlo ordenadamente y cederlo sin condiciones al triunfador. Ese traspaso, cuando el poder cambia de manos, se transforma en la manifestación más virtuosa del sistema democrático. La alternancia es, en esencia, el mecanismo que impide que el poder se convierta en propiedad privada de quien lo ejerce.
El derecho de los electores a votar por sus representantes no se limita al ámbito nacional, pues en una sociedad democrática, ese mismo principio debe regir en todos los espacios donde se toman decisiones colectivas, incluidas las universidades. Los estudiantes, profesores y trabajadores tienen el derecho legítimo de elegir a las autoridades que deciden por ellos en las casas de estudio. La universidad, como espacio de formación ciudadana, debe ser el primer lugar donde se practique y se valore la alternancia.
Venezuela consolidó un sistema democrático de voto directo caracterizado por un bipartidismo entre Acción Democrática y Copei entre 1958 y 1993. Durante esas décadas, la alternancia presidencial fue una práctica constante. Desde el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958, el país vivió un período donde la transferencia pacífica del poder se convirtió en norma. Presidentes como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins y Jaime Lusinchi sucedieron en el cargo mediante elecciones libres, demostrando que la alternancia era posible y saludable para la institucionalidad.
Sin embargo, esa tradición se quebró en 1999 con la llegada de Hugo Chávez al poder. Desde entonces, Venezuela ha estado dominada por dos líderes durante casi treinta años; Hugo Chávez (1999-2013) y Nicolás Maduro (2013-2026). La reforma constitucional de 2009 eliminó los límites a la reelección presidencial, vaciando de contenido el principio constitucional de alternabilidad. El resultado ha sido una crisis institucional profunda, donde la legitimidad electoral ha sido cuestionada y el poder se ha concentrado en un grupo cada vez más reducido.
El fenómeno de la perpetuación en el poder no es exclusivo de la política nacional. En la Universidad de Los Andes (ULA), la falta de alternabilidad por más de 18 años ha estancado las ideas en un modelo que prioriza la supervivencia política por encima de los intereses académicos. Durante la democracia, los rectores de la ULA han sido figuras como Pedro Rincón Gutiérrez, Ramón Vicente Casanova, José Mendoza Angulo, Miguel Rodríguez Villanave, Felipe Pachano Rivera, Henry Vargas, entre otros. Pero la ausencia de renovación en las autoridades universitarias ha generado un descontento creciente.
Cuando no ocurre alternancia, se genera crisis institucional y mal manejo de los recursos públicos. El problema no es la persona, sino el sistema; con tanto tiempo en el poder, cualquier autoridad se corrompe. La concentración prolongada del poder erosiona los controles, debilita la rendición de cuentas y fomenta la impunidad. La ausencia de alternancia convierte al gobernante en juez y parte, y al ciudadano en súbdito. La ruptura de la alternancia ha traído crisis económica, deterioro institucional y fractura social.
La alternancia de poder es la prueba de fuego que distingue a una democracia de una dictadura, por eso, defender la alternancia es defender la esencia misma del sistema democrático, tanto en el Palacio de Miraflores como en las aulas de la Universidad de Los Andes.
Quienes defendemos la democracia debemos exigir que se restablezca la alternancia como principio rector de nuestra vida política y universitaria.
13-08-2026 (181-2026)
“Comunicación Continua no se hace responsable por las opiniones y conceptos emitidos por el articulista”



