La armonía entre la religión y la ciencia

Tratar el tema de la armonía entre la religión y la ciencia es, en realidad, entablar un diálogo; y, desde luego, insistimos en que este diálogo ha de ser sincero cuanto sea posible. En este sentido, es contraproducente afirmar que la religión es una extensión de la ciencia, o, la ciencia una extensión de la religión. En realidad, hay una exigencia de verdad y libertad en el hombre respecto a su posición en el universo que inobservada o por la religión o por la ciencia, lo reducirían a un simple torbellino de partículas en movimiento o a un sistema automático de emociones y sentimientos. Por eso, la armonía entre una y otra tanto en el diálogo como en su acontecer peculiar y concreto, no esquiva la evaluación racional y razonable de la constelación denominada átomo hasta la organización enormemente compleja que se llama cerebro humano.

Esto pareciera un lenguaje fuerte y extraño a la religión, y sólo afín a la ciencia como la única que puede satisfacerlo. Sin embargo, la armonía no es una invalidación del conocimiento ni religioso ni científico, sino más bien la implicación de ambas en un titánico esfuerzo por un saber objetivo, que revele lo “real” como un alcanzar las cosas en lo que son “realmente”, y no lo que uno y otro imaginan que son.

Así, la preocupación constante de una y otra, y de ambas en la diversidad de sus razonamientos, es la aspiración a la verdad rotunda, lugar de encuentro entre lo religioso y lo científico, porque la concordia radica en la forma de un espacio de claridad inteligible acerca del vasto tejido de acontecimientos que componen el universo. De esta manera, tanto la religión como la ciencia eluden el afán de eclipsarse; la pretensión de una ciencia que mira la religión cual mero dominio de los sueños, o de una religión que califica el avance científico como una huera presunción de un vano proyecto.

Por supuesto, a la religión no le compelemos la comprensión de experiencia universalmente comprobable y experimentable según el riguroso proceder del método científico; tampoco ella es una egoísta filosofía del porvenir cual única explicación última de las cosas.

Por ende, la religión en solidaridad con la ciencia defiende que la creencia en Dios no es cuestión de sentimentalismo, que ella rebate opiniones que oscurecen la seriedad de la ciencia, como, por ejemplo, que Dios sea el fundamento de un mito; asimismo, la ciencia es clara cuando reconoce en situaciones perentorias que la verdad científica de ningún modo es la única forma de certeza de que es capaz el hombre.

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

30-06-24