Por: Fortunato González Cruz…
La política es un arte complicado porque es simultáneamente confrontación y diálogo. Lo normal es la confrontación porque las personas tienen ideas, percepciones, paradigmas e ideologías distintas. La realidad, al ser interpretada por el cerebro, se transforma en una verdad particular que es compartida por unos y rechazada por otros. Así, en la sociedad se forman grupos que comparten visiones semejantes. La política compromete a las personas y las vincula o separasegún sus ideas de la realidad y de qué y cómo hacer, es decir, del poder.Aristóteles analizó los sistemas políticos según la forma cómo las personas o los grupos humanos se confrontan o dialogan para el ejercicio del gobierno. Cuando los gobiernos se organizan en beneficio común se dan tres tipos: Monarquía, el gobierno unipersonal; aristocracia, de los mejores; y democracia o república, de todos. Cuando se busca satisfacer la ambición del gobernante aquellas formas se pervierten y surgen la tiranía, la oligarquía y la demagogia o anarquía. En la realidad se dan mezclas porque los sistemas no son puros.
¿En qué modelo aristotélico ubica el lector al gobierno venezolano? Evidentemente están descartadas la monarquía y la aristocracia. La democracia es el gobierno de las mayorías que las perdió Maduro. Quedan la tiranía, la oligarquía y la anarquía y si se analiza con cuidado lo que existe es una mezcla de estas tres porque se impone un grupito que tiene dinero y un enorme desorden. Trasladado el modelo a los tiempos actuales es verdad que existe un grupo adinerado sostenido por los militares que hace lo que les viene en gana sin respeto a la constitución ni a las leyes. Como no quieren dejar el poder quedan dos alternativas: esperar las elecciones al final del período con la seguridad de que habrán trampas, o adelantar la salida mediante la fuerza o a través del diálogo. El uso de la fuerza tiene dos vertientes: la rebelión militar, descartada porque forman parte del gobierno, y la rebelión civil que causaría miles de víctimas.
No queda en consecuencia otro camino que el diálogo y existen ejemplos exitosos como Chile, Perú y El Salvador. Recientemente el diálogo parece dará buenos frutos en Colombia. Pero el diálogo significa que cada parte esté dispuesta a ceder parte y a recibir parte, no todo, y eso tiene costos y genera voces estridentes entre los extremos de ambos bandos. Los intolerantes radicales acusarán de traición y tratarán de impedir una solución pactada. Las mayorías aceptarán si lo que ceden las partes compensan lo que reciben.
Vista así la situación venezolana, no hay duda de la conveniencia del diálogo por antipático que parezca, que requiere anticipar unas reglas que en las circunstancias actuales son al menos tres: absoluta transparencia porque el pueblo ha puesto lo suyo y ningún líder tiene la suficiente legitimidad para pactar y hacer que lo pactado se cumpla, buenos políticos como negociadores y prudencia en los voceros, y la mediación de El Vaticano como garante del equilibrio entre las partes. ¿Para qué? Para volver a la Constitución, restablecer la convivencia democrática y sanear la economía. Es un camino lleno de obstáculos sin duda pero los otros caminos son excesivamente costosos en sangre, sudor y lágrimas.



