Por: Fortunato González Cruz…
Muchachos: En la avenida don Tulio dejaron la adolescencia en la alcantarilla donde los amenazaron con inmolarlos y entraron en una juventud luminosa ya más hombres, más cristianos, con una lección que vale más que todas las lecturas y charlas juntas. Sus flacos cuerpos corriendo por la avenida tapándose sus vergüenzas muestran la crueldad, como el de aquella niña vietnamita víctima de las bombas de la guerra hoy símbolo y vocera mundial de la paz. Ahora saben por experiencia personal la humillación de Cristo y de miles de cristianos por el delito de servir a los demás y predicar el amor de Dios.
Ustedes, muchachos, han paseado su verdad limpia, desguarnecida y sin ropajes. Han dado un testimonio contundente de su empeño por formarse en los valores del amor y de la misericordia, de su valiente decisión de servir a los demás y a Cristo sin reservas, de su entrega al estudio para ser útiles desde una Iglesia renovada y más firme que nunca en la defensa de la dignidad humana, de la convivencia y de la tolerancia basadas en el amor.
Ustedes, seminaristas, han predicado a los venezolanos y al mundo la cruda verdad de una ideología cruel que fanatiza a unos por los falsos valores que dicen sostener, a otros por el poder y el dinero, a otros cada vez menos por la ignorancia y la necesidad. Los más, farsantes idólatras de su propia condición de miserables. Han puesto en evidencia un gobierno que se ha apropiado de las instituciones para saquear los valores espirituales y materiales de un pueblo a quien Dios le dotó en abundancia y la hundieron hasta la ignominia y la conmiseración.
Ustedes, futuros pastores del rebaño, han desafiado a los merideños a repensar lo que somos como colectivo, a reflexionar sobre las bases que creímos sólidas y que dejan ver las fisuras que quedaron expuesta en un acto miserable cometido al amparo de quienes debieran ser los garantes de la tranquilidad. Su inédita desnudez desafía a Mérida y al país, a su Iglesia, a su Universidad, a sus comunidades, a todos a un examen sin autocomplacencias ni autoelogios. Nos hace falta una exploración desde el cerebro y desde el corazón de lo que nos pasa y de los retos que impone.
Jamás en toda su historia la ciudad había vivido un acto tan cobarde, vil y despreciable como el ataque contra los adolescentes seminaristas del pasado viernes 1 de julio. Ha sido escenario de trifulcas, saqueos y delitos contra las personas y los bienes, pero jamás de un acto tan particularmente cruel y frío que pone en evidencia el empobrecimiento moral de quienes lo cometieron y auspiciaron.
La justicia no vendrá. No hay que esperarla de este sistema de complicidades, de cobardías y de miedos. Quizás sí del pueblo que guarda en su corazón, como estampitas del santo de su devoción, unas cuantas virtudes sembradas por la Iglesia en cada familia merideña y venezolana. ¿Seremos los merideños capaces de examinar serena y firmemente nuestras miserias y rehacer el proyecto colectivo? Los responsables de las instituciones forjadoras de la merideñidad tienen la palabra.



