Por: Fortunato González Cruz…
La soberbia de los gobernantes rojos no tiene límites y de eso saben bastante los habitantes de El Playón. Hace tiempo habían enfrentado la avaricia de unos pocos que querían convertir El Valle Grande en un establo de ganado. En aquel entonces tampoco acudieron los gobernantes y tuvo que subir el Arzobispo monseñor Miguel Antonio Salas a reunirse con la gente, apoyarla porque tenían razón, y gracias a aquella protesta surgió el Reglamento de Uso de la Subcuenca del Río Mucujún, un instrumento que algo sirvió para evitar la contaminación mayor de las aguas que surten el acueducto de Mérida, que se le ha aplicado con rigor a los campesinos pero ni a los poderosos ni al propio gobierno.
El Viernes Santo, 25 de marzo de 2016, será recordado en la historia local como otra gesta de la dignidad de los habitantes de este sector de El Valle Grande merideño, esta vez frente al abuso de un grupo que forma parte del cartel de delincuentes que se apropiaron de las instituciones públicas venezolanas. Llegaron en sus lujosos vehículos a una posada decente, atendida por una familia decente; y su conducta escandalosa, su actitud irrespetuosa y altanera, su falta de educación y buenas maneras chocaron con la paz de la comarca y les reclamaron decentemente, como suelen hacerlo los campesinos de esta tierra. La respuesta fue el uso de sus armas. Prevalidos de su función pública llamaron a la Guardia Nacional Bolivariana que sin dilación respaldó el abuso de los visitantes. Los reprimidos fueron los habitantes que reclamaban la paz propia de los Días Santos en estos parajes de tanta tradición católica. Algunos están presos. Los abusadores gozan de libertad, privilegios y protección mientras que el dueño de la posada y honesto funcionario municipal lo procesan por asociación para delinquir, instigación al odio y alteración del orden público, justo algunos de los muchos otros delitos cometidos por sus huéspedes.
Los merideños somos testigos mudos y pacientes del abuso de la boliburguesía. El ejemplo más evidente y a los ojos de todos es nuestro aeropuerto “Alberto Carnevali”, que al llegar la robolución tenía 21 vuelos diarios con conexión directa a San Cristóbal, Valera, Barinas, Barquisimeto, Maracaibo, Valencia, Maracay y Caracas. Hoy no hay ni un solo vuelo comercial porque está reservado para gente como la que vino a alborotar El Playón.
Los habitantes de El Playón saben lo que tienen que hacer y lo hacen bien, en forma organizada, apelando al legítimo derecho a la protesta. Por voluntad propia abrieron el paso cuando lo estimaron prudente en beneficio de turistas y paisanos. Fueron reprimidos por la Guardia Nacional, la misma, pero reforzada, atrincherados en una alcabala que sirve que intimidar y joder a todo el que sube y baja de ese paraíso terrenal que es el Valle Grande. En algún tiempo los soldados de la alcabala fueron vecinos tolerables. Hoy no lo son y debieran irse.
Nadie del gobierno ha atendido a los habitantes de El Playón. Ni siquiera el gobernador de Mérida que fue elegido por el voto de muchos playoneros, primer responsable de la tranquilidad pública, comandante de la policía y coordinador de la seguridad ciudadana. Su ausencia es vergonzosa porque no atendió ni el desbastador incendio forestal de Milla ocurrido unos tres días antes de la trifulca “presidencial”, ni el clamor de los habitantes de El Playón asediada por la pandilla que se alejó en la posada de la familia Mora, para desgracia suya y de sus vecinos. ¡Ya pagarán!


