La canonización como un hecho cultural nacional

No es lugar común afirmar que la canonización de los dos primeros santos venezolanos – Madre Carmen Rendiles y el Dr. José Gregorio Hernández- ha causado tal revuelo nacional que devino temprano en una suerte de aluvión cultural sin precedentes. Más allá del lindero religioso propiamente dicho, fue un hecho trascendente que abrigó al país entero sin hacer distinciones ni concesiones de ningún tipo.

Así las cosas, el estamento público probó adosarse protagonismo alineando un apropiamiento avasallante en muchos espacios, personalizando la figura humana y espiritual de nuestro “Médico de Los Pobres”, que involucró en corrillo a tirios y troyanos, acopiando el imaginario popular con nuevos datos, historias y hasta leyendas urbanas, pretendidas quizá con la mejor buena voluntad. 

Esta hilada portentosa de sucesivos hechos concatenados en la fe, son la fortaleza de Venezuela en la venturosa circunstancia de canonización. La Plaza de San Pedro se convirtió en el sitial de privilegio ecuménico de connacionales más allá de su frontera con la mayor convocatoria en el mundo, lo que es un hecho histórico sin precedentes y quizá sin otra ocasión de calcarse. Sin duda, José Gregorio gestaba un nuevo milagro.

Congregados allí estaban los migrantes de hoy pero también los del ayer distante que a la inversa un día partieron de su lar nutricio para asentarse en esta tierra de oportunidades. Muchos lo hicieron con sus escasos bártulos personales y en la lejana Venezuela hallaron Patria para potenciar sus proyectos de vida. En el ínterin aquí conocieron que José Gregorio Hernández sanaba en la cercanía de la fe y a él se aferraron para conseguir paz.

Entre nosotros se convencieron de la “santidad no declarada” que tenía ya El Médico de Los Pobres y desde el portento de su mano sanadora transfirieron por generaciones la fe en el retorno a sus tierras de origen. La historia se encargó del resto y apiñados en el fervor del credo milenario se cruzaron las miradas venezolanas de todas las épocas, lugares y destinos bajo la misma bardera que un día abrigó los ideales de José Gregorio Hernández.

El momento era digno de rubricarse entre los más grandes acontecimientos de todos los tiempos y justo, de la fecha atesoro un grato recuerdo que por vía generosa del buen amigo Wilmer Iglesias, llega a nuestras manos y “que vale un Potosí”, como citaban en el altiplano boliviano quienes agradecían un obsequio memorable; el libro que recoge “la XXX Domenica del Tempo Ordinario, Presieduta dall Santo Padre León IIV, Piazza San Pietro”.

Uno a uno, los perfiles que condujeron a los Beatos, hoy Santos de la Iglesia Católica, a los altares del devocionario popular, aparecen en un breve y no por ello menos intenso compendio, que define sus pasos terrenales desde una obra densa en la práctica de la virtud y el cumplimiento del deber entre los suyos, sin escatimar la trascendencia e impacto de una misión bien concebida y mejor cumplida desde siempre y para siempre.

San José Gregorio Hernández Cisneros es, ciertamente, el paradigma hacia la construcción de lo bueno, de lo positivo y lo grande, es el símbolo de identidad que junta y consolida a los venezolanos de bien, a los que más allá de parcelas ideológicas estrechan su reflexión para alcanzar la justicia, la paz, el trabajo y todo lo que propende a la realización del ser humano en la construcción de la sociedad que nos merecemos.  

En el epítome del libro que refrenda Il Rito Della Canonizzazione, quedó trazada la premonición que el propio Dr. José Gregorio Hernández Cisneros refirió a un amigo suyo, meses antes del fatídico 29 de junio de 1919, día del accidente automovilístico que ocasionó su muerte en Caracas: “te voy a confiar algo: ¡he ofrecido mi vida como ofrenda a Dios por la paz del mundo!” Honor aeternus et gloria aeterna, San José Gregorio.

Por: Ramón Sosa Pérez

26-10-2025