La cena del Señor

Celebrar fiesta, dice la primera lectura (Ex 12, 1-8. 11-14); es decir, en este día Santo a Jesús sólo lo encontramos con el impulso alegre del corazón. Vivimos humana y espiritualmente participando del pan eucarístico y de la obediencia al evangelio de Jesús. Con ello proporcionamos también pan para todos.

La Iglesia recomienda encarecidamente recordar y reflexionar el mandamiento del amor, la institución de la eucaristía y el sacramento del orden sacerdotal.

Hoy en día en reiteradas ocasiones sometemos el amor al rigorismo y al chantaje.

Un amor rigoroso prescinde de Jesús, y al hacerlo, en forma indirecta lo hace del Dios vivo.

En ese tipo de amor Dios no decide; decidimos por él. Pues, entre su amor y cuanto hacemos, Cristo no dice ni tiene nada que decir.

Dejémonos amar por él y enriquezcamos nuestro amor en el suyo.

Tampoco el amor es una disputa.

En las disputas puede haber ocasión para el chantaje. Y en éste hay muchos espectadores y muchos afectados. Y así el amor es probado como probamos una mercancía. Es decir, lo sometemos a las condiciones del cálculo, para aceptarlo y darlo con certeza.

Demos amor porque en la comunión recibimos amor; el Señor mismo lo recalca:

«Si la familia es demasiado pequeña para comérselo [el cordero], que se junte con el vecino más próximo a casa».

No necesitamos un laboratorio, necesitamos un corazón con el cual auxiliar «el desamparo propio de los indefensos» (Benedicto XVI, 2007, 63).

El amor de Dios, nutriente fundamental de nuestras personas, nos lleva a su Hijo, al Amado, al pan de vida. Con él nos alimenta, restaura nuestras fuerzas, nos sirve; pero, no lo imaginemos nuestro esclavo; volvamos al texto paulino, (1 Cor 11, 23-26), releamos y meditemos con todo nuestro ser:

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez les he transmitido».

Pablo afirma la tradición que procede del Señor. Él narra el paso primordial de la Última Cena. Juan no nos la describe, (13, 1-15), y en su lugar introduce el lavatorio de los pies.

¿Qué comprendemos con eso en relación a la institución de la Eucaristía?

Que a ella no debemos reducirla a una receta para el consumismo o el ritualismo; ella nos trae, aunque silencioso, el afecto verdadero y duradero de Jesús.

Cuando bendecimos y consagramos el pan y el vino, nos unimos realmente a tal amor que permanece y salva.

El diálogo entre Jesús y Pedro a un punto del lavatorio de los pies demuestra, de un lado, el príncipe de los apóstoles quería evitarle al Maestro un papel de discípulo; presentando esto sin poder cumplirlo; pues, de otro lado, Jesús en ese momento no era la aparición de algo distinto; no le mostraba ni le expresaba que en tal ahora había una realidad humilde, y que al rato, en un abrir y cerrar de ojos, asomaría otra realidad cristológica.

El diálogo nos subraya tanto a nuestra persona como a la comunidad: vuelve al legítimo Jesús, al del Evangelio.

Ahora bien, cuando emprendemos la vuelta a Él, ésta requiere seguidores. Son los primeros en irse tras sus inconfundibles trazas; no de las de cualquiera o inventado.

Ellos lo viven y predican más allá de las fronteras de este mundo, pero asimismo en éste le son inseparables.

En su intimidad el sacerdote siente la soberanía del Maestro; no lo trata mal, porque experimenta en lo íntimo, ser consagrado del Dios vivo revelado por Jesús.

 

17-04-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com