La clarificación de la palabra artificial (II)

Éste es un segundo artículo sobre la inteligencia artificial, el cual continúa el objetivo planteado en el primero, La definición de inteligencia, del martes 19 de diciembre de 2023, publicado por comunicacioncontinua.com.

Por ende, ¿qué es lo que se va a entender por artificial? Esta pregunta ya subraya que la inteligencia cerebral es condición necesaria para lo artificial, porque ella mide, razona, emite, etc.; entonces, el que lo artificial sea real está necesariamente proviniendo como consecuencia de la inteligencia; de no ser así sería un simple maquillaje sin importancia para el porvenir del mismo (Cf. GARCÍA BACCA, Juan David, Filosofía de la música, 222-223).

En efecto, la dinámica de la inteligencia humana ha mostrado la dinámica de lo artificial, pues, con éste ha llegado precisa y justamente a un fin (tέλος). En éste lo artificial es mismo con la inteligencia, pero no de la misma manera, ya que, la inteligencia es algo primario del cual procede algo nuevo, del que se siguen otras cosas de su orden (sentimiento, conciencia, voluntad, razón, etc.); en realidad, la inteligencia humana precede a lo artificial, porque luego de sus cálculos reflexionados, de plantearlos, corregirlos, emerge lo astronómico, lo físico, lo geométrico, lo químico, lo eléctrico, etc. (Cf. GARCÍA BACCA, J. D., Filosofía, 224-226).

Ahora, lo artificial no es una pretensión técnica pedante; es la exigencia a la inteligencia de un suceso, fórmulas físico-matemáticas, etc., que puede y tiene que repetir determinado número de veces, porque no ha llegado a su fin, a su perfección, sino a un término por ahora algo en que detenerse (Cf. GARCÍA BACCA, J. D., Filosofía, 234). Por lo tanto, lo artificial es complementario. Indudablemente, la inteligencia es ella, pero no puede ser lo artificial, porque, éste no es un estar siendo desperdicio; de ahí que la inteligencia en él no desaparece; de hecho, la conserva para que, por ejemplo, el sonido y el color sean realmente lo que son. Verdaderamente, la inteligencia prueba en lo artificial su exactitud, pues ella es necesaria para inteligirlo realmente, y a la vez para inteligir algo diferente de ella.

La inteligencia muestra su aptitud natural; aumenta o disminuye según la intensidad exigida en el logro de la exactitud de lo artificial, ya que, ella proyecta en éste un modelo intuido. Sin embargo, en esta proyección hay conexión de lo presente con lo anterior, es decir, de las posibilidades o probabilidades siguientes, y de este modo, en la fabricación de lo proyectado lo artificial supera a la inteligencia, mas no la altera en su mismidad. Por eso, la inteligencia busca la calidad de lo artificial, pues, los datos estadísticos, probabilísticos, deterministas, en la inteligencia no surgen automáticamente, sino pensados con orden. Además, el resultado de este orden no es sino el reflejo de la preexistencia del original patrón calificado en la inteligencia.

Lo artificial viene en realidad por un procedimiento intelectual: el hombre lo ideó, lo distinguió y le dio un nombre. O sea, lo hizo enlazando la originalidad con la creatividad.

Ahora, la originalidad no únicamente procede del cerebro funcionante humano, sino también del universo, ya que éste es básico, pues, es creación fundamental continua y constante (Cf. GARCÍA BACCA, J. D., Filosofía, 254). Con él la inteligencia tiene con qué contar: los elementos con que construir lo artificial. En él ha intentado, tanteado lo más próximo a lo exacto, y lo primero en demostrar ha sido que éste en aquel siempre ha existido, porque ha empezado a ser cosmos —orden—, y de tal modo éste tiene un Principio primero. Efectivamente, en el universo ha quedado un acorde rico en componentes (tierra, agua, aire, minerales, etc.), y éstos resultan, teniendo una cantidad, una cualidad, etc., cual realidad física de orden especial. En efecto, la inteligencia sustentada en cualidades, cantidades materiales, ha establecido leyes físicas, esto es, ha movido su creatividad, y ha alcanzado limitarla lo más exactamente posible a lo que es, para representarlo con rigor. De tal manera, ha sido variable en sus esfuerzos, es decir, siempre creadora.

Entonces, originalidad y creatividad hacen a la inteligencia proporcional a la duración del cosmos ordenado. La duración es el universo cual infinito pausado, y, gracias a lo cual el hombre ha logrado acoger el campo universal de movimientos posibles, es decir, ha logrado poner medida; por supuesto, lo ha hecho a ratos, puesto que, ha debido estudiar una realidad de toda otra realidad.

Desde luego, al poner medida ha debido ingeniar los instrumentos, en los cuales no se elude, sino se alude. Por eso, ha descubierto que el mundo es pausado, no pasmado; de hecho, la relación, respectividad, del hombre en él y con él produce una experiencia contrastante y desafiante.

Contrastante, ya que la inteligencia humana se vincula y a la vez des- vincula de lo absoluto y lo relativo.

En lo absoluto, pues, el universo somete a la inteligencia, pero en tal sometimiento le lleva a acoger de él y en él del aire, del agua, de la luz, del espacio, del tiempo, un modelo. En éste el hombre demuestra lo potente de su potencia intelectiva y así conserva —no nominalmente— la relación entre él y el mundo. La cual, naturalmente, es la conexión del hombre —de su inteligencia— con los efectos que están ya en acto.

En lo relativo, porque el hombre tiene que conservar aquellos efectos — en fórmulas de potenciales gravitatorio, electromagnético, termodinámico, etc.— que a la vez en tanto que causas —ocasionales, secundarias— le impulsan a producir algo nuevo. Por eso, lo artificial es relativo; siempre habrá algo novedoso en que el nuevo sistema operativo, el aparato, tendrá presencia un rato transitorio, y, por tanto, tal sistema en cuanto no definitivo es nada más “este presente” de producción de algo apenas estrenado (Cf. GARCÍA BACCA, J. D., Filosofía, 305-306)

Ahora, la experiencia desafiante producida en el hombre por el universo parte de comprender que lo novedoso en tecnología no es terminante, pues, es imprescindible a la tecnología, a la inteligencia artificial, conectar aún más verdad de realidad (Cf. Iden). Claramente, la inteligencia humana ni se engaña ni se oculta en el aparato, ya que no es una verdad interina. Al contrario, lo artificial, el aparato, espolea a la inteligencia para que de él haga retoques, con el objeto de lograr un artefacto más autorregulado.

Por lo tanto, es innegable que la inteligencia mueve a sí misma y por ende es apropiada para la aparición de lo que sea, de suyo, autorregulado, móvil. No obstante, este autorregular, ese imprimir en el aparato un movimiento por sí es invento, pues no emerge por generación natural; y, por ende, surgen ulteriores inventos que hacen al anterior obsoleto. Cierto, la inteligencia en tales invenciones evita el error, procediendo en dicha pausa con máxima cautela; de hecho, la agilidad impresa en lo artificial, producido por la mano del hombre, tiene una eficacia científica y técnica.

Así, lo artificial mirado científicamente no es absurdo; por tal motivo, el adverbio científicamente, afirma la franqueza de una inteligencia generadora de resultados no nocivos. E, incuestionablemente, los resultados no nocivos tienen su ocasión; y ésta acaece cuando aquellos no son desiguales para nadie. De este modo, la razón acompañando el auge de lo artificial, cuidará la difícil tarea de hacer cumplidamente las cosas cuando trabaja sobre lo hecho por otros beneficiando contemporáneamente a otros (Cf. DESCARTES, R.,

«Segunda parte», Discurso del método, 56).

Realmente, en lo artificial la inteligencia define el ingenio, pues lo rige con los principios de una ciencia que cultiva. En ésta ella determina cuánto ignora, interpelándose por qué medios y hasta dónde le es posible resolver dicha ignorancia; en consecuencia, «no hay sino una verdad en cada cosa y el que la encuentra sabe todo lo que puede saber de ella» (DESCARTES, R.,

«Segunda parte», Discurso del método, 41).

De tal modo, la verdad agiliza la inteligencia, ya que no puede permanecer irresoluta en los puros principios de la ciencia. Por eso, necesita también la práctica; puesto que en ésta el bien de las invenciones no es inalcanzable a las limitaciones del poder intelectivo. En fin, lo artificial no es algo añadido a la inteligencia humana, porque ella puede ver en él a pesar de sus límites, las perfecciones que le faltan.

Bibliografía:

DESCARTES, R., Discurso del método. Meditaciones metafísicas, ed. Manuel García Morente, ESPASA-CALPE, Madrid, 197012, 148.

GARCÍA BACCA, Juan David, Filosofía de la música. Texto revisado por Miguel Ángel Palacios, ANTHROPOS, editorial del Hombre, Barcelona, 1990, 829.

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

22-12-23