La complicidad del silencio

Por Angel José Andara*

«La cobardía pregunta: ¿es seguro?

 La conveniencia pregunta: ¿es político?

La vanidad pregunta: ¿es popular?

 Pero la conciencia pregunta: ¿es correcto?»

Winston Churchill

Vivimos tiempos de cautela extrema. En las conversaciones familiares, en las reuniones de trabajo, en los debates públicos y en las redes sociales, se ha impuesto una forma de prudencia que más bien parece cobardía vestida de sensatez. Hemos aprendido a callar cuando deberíamos hablar, a mirar hacia otro lado cuando deberíamos intervenir, a justificar nuestra inacción con argumentos que, analizados con honestidad, no son más que racionalizaciones elaboradas para proteger nuestra comodidad.

Existe una diferencia fundamental entre la prudencia genuina y esa cobardía que se disfraza de realismo. La prudencia, como entendían los clásicos, es una virtud intelectual que permite discernir lo verdaderamente conveniente para una vida buena. Implica cálculo racional de consecuencias, evaluación honesta de riesgos y una orientación hacia fines que trascienden el interés personal inmediato. El hombre prudente no es el que evita todo riesgo, sino el que sabe cuándo el riesgo vale la pena asumirse. En cambio, la cobardía disfrazada de prudencia es exactamente lo contrario: una evaluación distorsionada de la realidad donde los peligros se magnifican y las propias capacidades se minimizan, todo ello al servicio de un único objetivo: preservar la seguridad a cualquier costo.

Esta confusión no es inocente. Tiene consecuencias directas en cómo enfrentamos los desafíos de nuestra vida personal y, especialmente, de nuestra vida en comunidad. Cuando los ciudadanos más capaces y mejor formados optan por no comprometerse con causas que consideran justas por miedo a las consecuencias, la democracia pierde a sus mejores defensores. Queda entonces en manos de quienes, careciendo de la prudencia necesaria, actúan impulsados únicamente por la ambición, la ideología o el interés. El resultado es una política empobrecida donde predominan los demagogos y los oportunistas sobre los estadistas y los ciudadanos comprometidos.

La historia está llena de ejemplos de cómo esta prudencia mal entendida facilitó los mayores horrores. Cuando Hannah Arendt analizó el nazismo, señaló que el mal radical no fue obra únicamente de los perpetradores directos, sino también de la pasividad de millones de personas que consideraron prudente no intervenir. La prudencia de aquellos que callaron, que miraron hacia otro lado, que pensaron que no era su problema, facilitó la consumación de aberraciones que pudieron haberse evitado si suficiente gente hubiera actuado de manera menos “prudente” y más valerosa. No se trata de glorificar la temeridad, sino de reconocer que hay momentos en que la inacción es también una forma de acción, una forma de complicidad con el mal.

En nuestra vida cotidiana, esta confusión entre prudencia y cobardía se manifiesta de maneras sutiles pero devastadoras. En el ámbito laboral, callamos ante prácticas injustas porque consideramos prudente no arriesgar nuestro empleo. En el espacio público, evitamos expresar opiniones que podrían generarnos conflictos con familiares, amigos o colegas. En las redes sociales, preferimos la neutralidad cobarde a defender posiciones que podrían exponernos a críticas. En todos estos casos, nos decimos que estamos siendo prudentes, que estamos siendo realistas, que no tiene sentido morir en cada batalla. Pero la pregunta que debemos hacernos es más profunda: ¿qué tipo de persona nos estamos convirtiendo con base a estas pequeñas traiciones cotidianas? ¿Qué tipo de sociedad construimos cuando el valor de la prudencia se ha convertido en el valor supremo?

El pensador crítico debe preguntarse constantemente si su rechazo de la opinión mayoritaria está fundamentado en un análisis riguroso o en un deseo de seguridad. Si su cuestionamiento responde a una evaluación honesta del funcionamiento de las instituciones o a una rebeldía gratuita. La honestidad intelectual exige reconocer esta propensión en nosotros mismos: todos somos capaces de disfrazar nuestros miedos de sensatez, de convertir la evasión en estrategia, de transformar la cobardía en prudencia. Paulo Freire decía que la educación verdadera debe despertar la conciencia de que la realidad social no es natural e inmutable, sino históricamente construida y, por tanto, susceptible de transformación. Pero ese despertar requiere superar el miedo que nos mantiene atrapados en situaciones injustas pero familiares.

La prudencia auténtica, paradójicamente, requiere una forma de coraje que la prudencia excesiva pretende evitar. Aristóteles enseñaba que la virtud es un punto medio entre dos extremos viciosos: el coraje es la virtud intermedia entre la temeridad y la cobardía. Pero esta formulación no debe entenderse como un promedio matemático, sino como una búsqueda constante de lo apropiado en cada situación. Lo que es coraje en un contexto puede ser temeridad en otro; lo que es prudencia en un momento puede ser cobardía en el siguiente. La prudencia genuina es inseparable de la reflexión ética profunda sobre el tipo de persona que queremos ser y el tipo de sociedad en la que queremos vivir.

En última instancia, la prudencia auténtica es una forma de amor: amor a la vida que queremos vivir, amor a las personas que dependen de nosotros, amor a la comunidad de la que formamos parte. Cuando este amor es genuino, nos impulsa a actuar no por temeridad, sino por la convicción de que ciertas cosas merecen ser defendidas, que ciertos sufrimientos exigen nuestra respuesta, que ciertos silencios son moralmente inaceptables. No se trata de abandonar la prudencia, que sería una forma de imprudencia, sino de recuperarla de las distorsiones que la convierten en un instrumento de evitación y autoprotección.

La pregunta que debemos hacernos no es si una determinada acción es prudente o imprudente, cobarde o valerosa. La pregunta es si es coherente con el tipo de persona que deseamos ser y el mundo que deseamos construir. Cuando logramos responder a esta pregunta con honestidad, la distinción entre prudencia y cobardía se vuelve menos difusa, y la dirección de nuestra vida se vuelve más clara. Vivir bien no es evitar todos los riesgos, sino asumir aquellos que merecen ser asumidos. La cobardía disfrazada de prudencia nos ofrece una vida más larga, quizás, pero también una vida más vacía, una vida en la que miramos al espejo y no reconocemos exactamente a quién vemos. La prudencia auténtica, en cambio, nos ofrece algo más valioso que la seguridad: nos ofrece dignidad, nos ofrece integridad, nos ofrece la posibilidad de mirarnos a los ojos y reconocer que, cuando nos importaba, estuvimos presentes.

*Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA

Representante profesoral al Consejo Universitario

10-02-2026

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