Hola a todos, hoy quiero que nos detengamos un momento a reflexionar con el corazón y con la mente bien despierta. El reciente temblor que vivimos el pasado 24 de junio nos dejó a todos muy movidos, y no solo en lo físico, sino también en lo espiritual. En momentos de crisis, cuando el miedo nos invade, es muy fácil dejarnos llevar por rumores en las redes sociales que solo traen confusión. Por eso, hoy quiero dejarles un mensaje de luz sobre lo que realmente pasó y sobre la importancia de cuidar nuestra fe y nuestra energía.
Todos sabemos que ese día muchas calles y costas se llenaron con el sonido de los tambores para celebrar a San Juan Bautista. Pero hay una gran verdad que debemos comprender; lo que se vive en esas fiestas de santería y ocultismo no es un acto católico. San Juan en la Biblia es el Precursor, un hombre humilde que vino a prepararnos para seguir a Jesús. Sin embargo, desde la época de la colonia, se mezcló su imagen con la santería para ocultar la adoración a Ogun, una deidad de la fuerza y el hierro. Al cambiar la oración sincera por ritos cargados de otras energías, la celebración se desvía por completo del verdadero camino espiritual.
No podemos tapar el sol con un dedo. De unos años para acá, y muy especialmente desde el gobierno de Hugo Chávez, estas prácticas de santería, brujería y espiritismo se han centrado y promovido muchísimo en nuestro país, importadas en gran medida desde Cuba. Debemos recordar que en la isla cubana, durante la época colonial, a los africanos se les prohibía terminantemente adorar a sus deidades. Para sobrevivir y mantener vivos sus ritos bajo estricto secreto, ocultaron a sus deidades detrás de las imágenes cristianas; fue allí donde camuflaron a Ogun bajo el nombre de San Juan. Lamentablemente, esa herencia de ocultismo fue introducida y masificada institucionalmente en Venezuela. A veces se piensa que es solo folclor o algo inofensivo, pero en realidad, abrirle las puertas a ritos paganos lo único que hace es dejar cargas espirituales muy pesadas sobre nosotros los venezolanos, llenando el ambiente de confusión, opresión y un desgaste que nos debilita como seres humanos.
Tal vez muchos digan que la naturaleza es impredecible, pero la historia de Venezuela no miente. En estados como Mérida, Caracas y otras regiones, siempre ha quedado registrado que cada 90 o 100 años ocurren estos grandes movimientos telúricos, algo que los mismos geólogos nos recuerdan constantemente. Por lo tanto, la clave no está en pretender adivinar el futuro, sino en cómo nos preparamos para afrontarlo. Lamentablemente, nos encontramos ante una dolorosa falta de previsión institucional; las autoridades no han garantizado ni las herramientas básicas ni la preparación necesaria para asistir al pueblo en emergencias como esta. Por eso, ante la ausencia de respuestas oficiales, la verdadera preparación nace de nuestra propia conciencia ciudadana y espiritual; saber cómo actuar, mantener la calma y estar listos para salir a socorrer al prójimo.
Lamento profundamente las dolorosas pérdidas que hoy enlutan a la nación, las personas que aún siguen atrapadas, las víctimas desde la negligencia institucional y tantos niños que han quedado desamparados, sin padres y sin hogar. Sabemos que lo material se recupera, pero en nuestra realidad venezolana construir una vivienda es sumamente difícil; la gente ha perdido años enteros de un esfuerzo que tardará mucho en restaurarse. En medio de esta tristeza y dolor, agradezco de corazón la ayuda internacional enviada por distintos países, pues ellos representan el alivio que anhelan quienes hoy sufren. La única calma verdadera en este momento es el respiro de saber que hay manos solidarias, incluso excavando en los escombros con sus propios dedos, tratando de salvar vidas.
Hace unos días, alguien me preguntaba en medio del dolor: «¿Dónde está Dios en este sufrimiento?». Mi respuesta fue clara: Dios está mirando en qué ayudas tú; está observando cómo actúas en lugar de perder el tiempo criticando tanto. Este es el momento perfecto para reaccionar y recordar que Venezuela es una tierra consagrada al Santísimo Sacramento del Altar. Nuestra verdadera protección no está en los altares de la santería ni en consultas de brujos, sino en Dios. Los invito a sacudirse todas esas malas cargas y a llenarse de la motivación que nos da la fe. Escuchemos el llamado a enderezar el camino y pongamos nuestra confianza en Jesucristo, porque solo de su mano volveremos a llenar a nuestra hermosa nación de paz, luz y verdadera bendición.
¡Ánimo y que Dios los bendiga siempre!
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
León – España



