Hay lugares de los que se habla mucho en la historia oficial de la Iglesia venezolana, pero hay otros, silenciosos y apartados, que custodian el alma de sus pastores en su vida privada. León es uno de ellos; compartir estos días aquí con el Cardenal Baltazar Porras ha sido, para mí una de las experiencias más hermosas. Ha sido descubrir uno de sus rincones secretos. Quizás por eso deba pedir un adelanto de perdón, por el atrevimiento de poner hoy al descubierto ese refugio sagrado, en la Madre Patria.
Mientras caminamos por la ribera del Órbigo, se nota en su rostro una alegría llena de esperanza, esa que solo da el volver a casa. Este paisaje leonés no es un destino cualquiera; es el refugio donde el Señor Cardenal se fortalece, donde recarga el alma para seguir pastoreando a Venezuela. Aquí, en la quietud de la España interior, el Arzobispo emérito de Mérida y Caracas encuentra una tregua, un oasis de misericordia y tranquilidad en la naturaleza y la amistad.
Lo hermoso es ver la lealtad que lo rodea. Sus amigos y feligrés de León son de esos que se forjan a fuego lento, desde sus días de joven estudiante en Madrid; hombres y mujeres que jamás lo han traicionado, que lo cuidan y lo quieren con la cercanía de la verdadera familia, esa que no entiende de distancias kilométricas entre León y Venezuela. Al verlo sonreír en estas tierras, es inevitable que mi pensamiento vuele a nuestra amada Mérida, la ciudad que ambos llevamos en el corazón. Él entregó allí cuarenta años de su vida, en su amor pastoral por las montañas y picos andinos; yo, como merideño natal, reconozco en este rincón de León una especie de «otra Mérida». Un espejo donde la fe, la amistad incondicional y la paz se abrazan para recordarnos que, para seguir evangelizando y llevando consuelo a nuestra gente allá, primero hay que dejarse sostener y fortalecer por el cariño de los verdaderos amigos.
*Los hermanos que el camino regala*
Hablar de la amistad en estos tiempos es adentrarse en un terreno complejo. En la vida de un pastor, y más en la de un cardenal, no siempre es fácil distinguir quién es un amigo verdadero, quién un simple compañero de ruta o quién llega solo de paso para dejarnos una lección antes de marchar. Sin embargo, aquí en León, esa frontera se disuelve ante una presencia que para Monseñor Baltazar es mucho más que un amigo, es un hermano de vida. Se trata de Don José Berciano.
Don José es el párroco de El Carrizo, un hombre tan arraigado a esta ribera y tan querido por su gente que el propio obispo de León, Monseñor Luis Ángel, se refiere a él con afecto como «el Ordinario de Carrizo». Durante los meses que he tenido la gracia de estar aquí, compartir con don José me ha permitido descubrir el origen de muchos de los rasgos más humanos del Cardenal. Al verlos juntos, uno entiende de dónde vienen esas risas cómplices, las sintonías finas, las ironías amables y los chistes que amenizan sus charlas. Es una alegría compartida que, intuyo, se ha alimentado mutuamente en cada reencuentro, ya fuera bajo el cielo de Mérida o en los campos de León.
Como solíamos recordar en el Seminario San Buenaventura de Mérida, «las verdaderas amistades sacerdotales se cimientan desde los años de formación». La suya se fraguó en la juventud, mientras compartían estudios y sueños en Madrid o Salamanca, y ha resistido intacta el paso de los años, las distancias y los altibajos de la historia. Ver hoy a don Baltazar y a don José estrecharse las manos y fundirse en un abrazo es contemplar un misterio sagrado de amistad, el de una fidelidad que no necesita explicaciones porque se sostiene en el amor compartido a la Iglesia y en una hermandad que el tiempo solo ha sabido madurar.
Si ver la hermandad de Monseñor con don José conmueve el alma, el mirar hacia adentro y reconocer lo que estos días han significado para mi propia vida es un ejercicio de profunda gratitud. En medio de los vaivenes y las exigencias de este ministerio que compartimos, he descubierto en el Cardenal Baltazar mucho más que a un amigo o a un superior; he encontrado a un padre espiritual. Ser sacerdote en los tiempos que corren no es una tarea sencilla; a veces el camino se vuelve cuesta arriba y cuesta encontrar figuras que encarnen esa verdadera imagen de la paternidad espiritual. Por eso, poder sentir en el hombro la mano firme y bondadosa de don Baltazar ha sido una de las experiencias fundamentales en mi vida. Sé, con total certeza, que bajo su mirada sigo formándome y que su guía no me va a faltar.
Si tuviera que definir mi lugar en esta historia de gracia y aprendizaje, tendría que confesar que muchas veces no me siento digno de recibir una amistad y una confianza de tal magnitud. Sin embargo, es precisamente ahí donde radica el misterio de la Iglesia que se transmite de generación en generación, en la gratuidad de un afecto que no exige méritos, sino un corazón dispuesto a la fraternidad. Es el regalo de ver cómo un padre, cansado de tanto batallar por Venezuela, se toma el tiempo de cuidar, guiar y forjar el alma de los hijos que caminan a su lado.
Continuará…
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
León – España
25-05-2026



