Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…
La Biblia en el primer libro de los reyes (capítulo 21) narra episodios de la vida de los reyes de Israel. Uno de los peores monarcas en toda su historia fue Ajaz, ambicioso, malhumorado y despreocupado de las necesidades de su pueblo. Se antojó de la viña de Nabot, un hombre del común, quien se negó a vendérsela por tratarse de la herencia de sus padres. El rey regresó a su casa enfurecido. Su mujer, Jezabel, de peor calaña, le increpó, pues si era el rey de Israel, podía hacer lo que le viniera en gana. Se encargó de levantarle una calumnia al pobre Nabot y murió apedreado. Inmediatamente, llena de contento le dijo a su marido que tomara posesión de la viña como si nada hubiera pasado.
Los libros de la Biblia están escritos para enseñarnos las virtudes y defectos de los humanos; y a la vez para que la voz de los profetas nos indiquen el camino que debemos tomar cuando obramos según nuestros intereses sin respetar lo más mínimo ni la ley humana ni la divina. Son escenas que se repiten a lo largo de los siglos y nos muestran a donde pueden llegar los que divinizan el poder y se olvidan de que no son dueños sino servidores del pueblo a ellos confiado.
La situación venezolana es una parábola en acción. La escena narrada se repite casi al caletre. Cuando se tiene el poder como patente de corso que permite actuar según su parecer; cuando la ley es sólo una referencia que se interpreta de manera unilateral; cuando los poderes públicos no están al servicio de la colectividad sino a los mandatos del gobierno; cuando la justicia está mediatizada; cuando las libertades están amenazadas y coartadas; cuando la propaganda oficial deja muchas dudas sobre la veracidad de sus mensajes porque la ideología está por encima de la realidad; cuando no hay la menor sensibilidad humana ante las necesidades fundamentales como son el acceso a la alimentación, a la sanidad y al respeto a la vida y bienes ajenos, todo se trastoca.
No son pocas las Jezabeles que están al frente de varios de los poderes públicos que esconden detrás de sus investiduras una conducta reprobable, pues no hay otra medida sino las apetencias del poder. El profeta recrimina, como lo hace la población que exige se atiendan sus necesidades y anhelos, y le increpa: ¿no te basta con asesinar sino que encima robas? Es el grito de la gente que debe ser atendido primero, pues es la única razón de detentar el poder. La auténtica democracia es plural y el pensamiento único es inadmisible por excluyente.
El Papa Francisco con clarividencia nos dice: la realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. La realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría (La alegría del Evangelio, 231). Eso fueron Ajaz y Jezabel, los de antes y los de ahora.
31.- 13-6-16 (3247)


