Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…
El atentado terrorista a los editores del sarcástico semanario francés ha desatado los más variados comentarios y el repudio general a esta manera irracional, fanática y premeditada, con la que actuaron los ejecutores materiales e intelectuales. Arrogarse el derecho de segar la vida a cualquier persona es un crimen y un atentado a la convivencia plural, aunque sobrepase límites y hiera sentimientos o creencias. Según las informaciones, no hay institución política, civil o religiosa, que no haya sido objeto de la sátira y el sarcasmo de dicho semanario.
Es correcto preguntarse hasta dónde puede llegar la libertad de expresión. El Papa Francisco apuntó: “no se puede provocar ni ofender a la religión. No se puede insultar la fe de los demás”. Pero el humorismo y la sátira se mueven siempre en los límites de la tolerancia y el respeto. Sin embargo, todo el que ejerce algún poder físico o moral, tiene la obligación de entender que el ejercicio de una responsabilidad pública debe estar acompañado de una gran dosis de paciencia y de la mayor trasparencia y verdad, para que la crítica ácida no horade su credibilidad y aceptación. Es la mejor “arma” contra los excesos de quienes se sienten con derecho de ridiculizar las creencias de los demás.
Si miramos lo acontecido allende los mares bajo la lupa de lo que pasa en nuestro medio, observamos que los que ejercen el poder se sienten dueños de la verdad y cancerberos de sus propias ideologías políticas. Por mucho menos, nuestros humoristas han sufrido diversas formas de coacción. Se cierra de tal forma la libertad que nuestra sociedad se ve constreñida a pensar y a actuar según los dictámenes de organismos administrativos, convertidos en jueces e inquisidores al servicio del régimen.
En cambio, los medios oficiales promueven y favorecen programas en los que la incitación permanente a la mentira, las medias verdades y la calumnia, están a la orden del día, actuando a su antojo, amparados en la complicidad de quienes deberían ser custodios del bien común y de la tolerancia para quien disiente del pensamiento oficial.
Todo fanatismo mata, así sea en nombre de Mahoma o de cualquier régimen político. Quitar la vida es horrible; suprimir la libertad es mutilar, someter a una esclavitud que niega también la vida plena. De alguna manera los venezolanos sin ser “Charlie”, no tenemos derecho a expresarnos libremente y eso favorece las fauces insaciables del poder.
6.- 13-1-15 (2497)


