La crónica menor: Cincuentenario arzobispal

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…

La organización territorial eclesiástica está conformada por las diócesis, equiparable en lo civil a los estados o provincias. Varias diócesis forman una provincia eclesiástica, teniendo como cabeza una de ellas, denominada arzobispado o metropolitana. El territorio de lo que hoy es Venezuela contó en la segunda década del siglo XVI con la creación de la diócesis de Paria en el oriente, que no llegó a erigirse. Para 1531 se crea la diócesis de Coro, la primera de Suramérica, sufragánea de Sevilla, único arzobispado del que dependieron las primeras diócesis americanas. En 1546 Santo Domingo fue elevada a arquidiócesis y Coro pasó a depender de la Primada de América. Al trasladarse la sede de Coro a Caracas, en 1637, la situación permaneció intacta, cambiando únicamente el nombre por el de diócesis de Caracas o Venezuela, ocupando los territorios de la Provincia de Venezuela desde las riberas del Unare en el oriente hasta el Cabo de la Vela en el occidente de la Península de la Goajira. Hacia el sur no hubo límites ciertos pues la región llanera era de difícil acceso y muy poco poblada.

El oriente, del río Unare hacia el Atlántico y hacia el sur hasta la ignota Guayana, dependió de inicios del siglo XVI de la sede episcopal de San Juan de Puerto Rico (1511), siendo el único caso de anejos continentales de una sede insular, lo que contradecía el principio de las Siete Partidas que rezaba que las islas no generaban dominio sobre tierra firme. Buena parte del occidente, los Andes, el piedemonte barinés y el llano apureño eran territorios bajo dominio del arzobispado de Santafé de Bogotá.

Habrá que esperar el último cuarto del siglo XVIII, bajo las reformas borbónicas de Carlos III y Carlos IV para que se modifiquen los límites eclesiásticos venezolanos. La diócesis de Mérida de Maracaibo (1778) se formó con territorios pertenecientes a Bogotá y Caracas. Y la de Guayana (1790) a la que se le asignó todo el oriente que pertenecía hasta entonces a San Juan de Puerto Rico. El primer arzobispado será Caracas a comienzos del siglo XIX (1804), y no por razones religiosas sino políticas porque la corona española estaba cediéndole a Francia la isla de la Española y no convenía que territorios hispanos dependieran de una potencia extranjera.

Será en 1923, cuando se cree el segundo arzobispado, el de Mérida, con el Zulia (1897) y San Cristóbal recién creada, como sufragáneas. El tercer arzobispado le corresponderá a Guayana con el nombre de Ciudad Bolívar (1958) siendo Cumaná (1923), Barcelona (1954) y .Maturín (1958) como sufragáneas. A pocos meses de clausurado el Concilio Vaticano II (1966), surgirán dos nuevos arzobispados: Maracaibo y Barquisimeto, cuyas bodas de oro se están cumpliendo en este 2016. En aquel momento estaban al frente de estas dos circunscripciones dos figuras de renombre en el episcopado venezolano: Mons. Domingo Roa Pérez y Mons. Críspulo Benítez Fonturvel. Ambos se distinguieron por ser aguerridos defensores de los derechos humanos y fueron en su momento presidentes de la Conferencia Episcopal.

Diversas celebraciones, religiosas unas, culturales otras, rememoran esta efemérides, relevante en la preocupación de la Iglesia católica por una mejor atención a la realidad cambiante y exigente que pide cercanía a la gente, salir a las periferias, a las regiones y personas poco tomadas en cuenta por la sociedad y las autoridades centrales. Felicitaciones a estas dos arquidiócesis señeras del centro occidente y occidente del país. En los próximos años vendrán nuevos cincuentenarios de diócesis y arzobispados surgidos al calor de las reformas conciliares pues en este medio siglo prácticamente se han triplicado las circunscripciones eclesiásticas venezolanas. Sin duda, la distribución territorial eclesiástica está más acorde con la realidad que la vetusta división civil hecha hace más de un siglo cuando Venezuela era un país rural, incomunicado y despoblado.