Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…
Estamos ante un nuevo proceso electoral para elegir el poder legislativo el próximo 6 de diciembre. Ciertamente estamos ante un proceso atípico, marcado por una serie de incongruencias y desencuentros que forma parte de la crisis profunda que vive el país. No es fácil adivinar a ciencia cierta dónde estamos y hacia dónde vamos. No hay la suficiente confianza y credibilidad como pensar que estamos ante un evento normal, equitativo y absolutamente democrático.
Según las autoridades del CNE todo está listo y no hay que dudar de nada porque estamos “ante uno de los organismos electorales mejores del mundo”. Por ello, no hace falta que vengan a supervisar el proceso, lo cual es considerado como una intromisión indebida a la soberanía. Sólo se harán presentes, gentes y organismos de alta calidad, invitados directamente por el organismo comicial.
Esto contrasta con una serie de interrogantes que pululan en la población. ¿Por qué se convocó tan tarde la jornada electoral si las leyes indican claramente los lapsos en que deben ser hechas? La configuración de los circuitos electorales despiertan muchas sospechas: ¿en base a qué criterios científicos, las grandes ciudades necesitan una cantidad enorme de votos para elegir un diputado, mientras que otras regiones menos pobladas lo hacen con cantidades mucho menores? Se suprimen diputados de circuitos más poblados para dárselos a otros con mucho menos peso y densidad poblacional. A ello se suma, el que un detallado estudio señala que no hay paridad entre las localidades donde ha ganado la oposición y se concentra un mayor número de posibles elegidos allí donde los candidatos oficiales obtienen mayoría. Esto indica que no vale la mayoría de votos, sino la desigual distribución de acuerdo a un mapa muy bien estudiado que favorece al gobierno. Un ejemplo claro es la actual composición de la Asamblea Nacional en la que la mayoría de votos no se refleja en la mayoría de elegidos.
A lo anterior se suma el ventajismo gubernamental, la inhabilitación de candidatos por vía administrativa, la falta de acceso a la información de los cuadernos electorales, el abuso de la propaganda oficial y de la infinidad de cadenas obligatorias, y otras tantas disposiciones que han sido violadas o saltadas sin que haya posibilidad alguna de recurrir a ninguna instancia para que se subsanen y aclaren estos desaguisados. Quien señala estas lagunas es tildado de apátrida, vendido y mil calificativos más.
La primera reacción puede ser de desánimo o de aquí no hay nada qué hacer. Pero no es así. Los venezolanos tenemos conciencia y principios que no se pueden entregar a la manipulación y prostitución que supone moverse por el miedo, la represalia, la pérdida de algún beneficio o empleo. Esto, desde el punto de vista democrático y ético es la negación de la igualdad, trasparencia y libertad que debemos tener todos los ciudadanos. Es una situación moralmente inaceptable, injusta, ilícita y en más de una oportunidad anticonstitucional. Esto exige mayor conciencia y sentido de participación para que no nos dejemos amedrentar y sepamos actuar con coraje y responsabilidad. La jornada del 6D es un termómetro de la calidad de principios que ha distinguido siempre al venezolano honesto.
37.- 23-8-15 (3307)


