Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo
La desmesura y fantasía de lo que llamamos América Latina ha acompañado al subcontinente desde que aparecieron en el horizonte las carabelas de Colón. Ninguno de los pueblos primigenios tuvo conciencia del significado de la totalidad de la tierra que habitaban, marcada por la magia y la exuberancia. Todavía hoy, después de 500 años del proceso de mestizaje que nos une en varias dimensiones identitarias, tiene también como denominador común diferencias; sin embargo, podemos afirmar que pensamos y actuamos como latinoamericanos.
Renegamos del dominio español colonial, porque fue el subterfugio para sentirnos distintos e independientes; pero es un sueño latente visitar Sevilla y Andalucía, identificándonos más con lo peninsular que con cualquier otra región del mundo. No somos ni blancos europeos, ni indígenas ni negros, sino una realidad distinta, un piélago de pueblos, una amalgama de culturas, tras la quimera de las riquezas y la felicidad.
Curiosamente la comunidad espiritual de naciones surgidas con la independencia política, potenció más esa unidad en lugar de disgregarla. Se consolidó en torno a una lengua común, a una fe, la católica, que permea de diversas formas la cultura de nuestros pueblos, y en la comunidad espiritual, ese numen intangible pero real de ser el mayor conglomerado humano con unidad espiritual de la historia. El ensayo “América Latina en la mañana del camino, reflexiones en torno a la unidad latinoamericana”, fruto de la investigación de Jesús Rondón Nucete, nos ofrece de forma sencilla y breve una especie de epitome, de manual de ruta, para entender lo que somos y lo que anhelamos ser.
Este pequeño libro debería ser de enseñanza obligatoria en nuestras escuelas y liceos, como un abrebocas que nos lleve a valorar lo positivo y a entender las lagunas que nos ilusionan con el dorado, meta fácil de una aventura arraigada en lo más profundo del ser de quienes nacimos o han venido a esta tierra de gracia. América Latina -en sus ilusiones recurrentes y en sus tercas realidades-, es lugar de contradicciones que definen una manera de ser: razonar sobre intuiciones, dominar fantasías, realizar historias imposibles.
Apenas estamos en la mañana del camino, porque ni la unidad política ni la económica aparecen en el horizonte inmediato a pesar de los repetidos conatos a lo largo de siglos. Quizá la institución más estable y plural sea el Consejo Episcopal Latinoamericano –CELAM-, que sobrepasa los límitesde lo estrictamente católico. Porque América Latina es hoy una realidad espiritual, que más allá de sus naciones, con sus diferencias, intereses y conflictos, han llegado a tener una mentalidad, un alma común. Fortalecer la comunidad cultural es, quizás, el camino más expedito para pasar de la utopía a la realidad creadora. Por allí va el auténtico destino de América Latina. Es la tarea, esbozada pero no plasmada, que tenemos los habitantes de este continente en el siglo XXI.


